Mayo 2011 • Año X
#22
Encrucijadas del psicoanálisis en el Siglo XXI

Des-amores en Disneymundo

María de las Nieves Soria Dafunchio

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"Salvavidas"
Manolo Rodríguez

1) La ditmensión del amor

El amor, qué cosa singular. Tan humana.

Está lleno de palabras y a la vez... habita un silencio.

Ninguna palabra alcanza a decirlo, con la excepción, quizás, del nombre de quien amamos.

Pero ésa ya no es una palabra.

O, en todo caso, es mucho más que una palabra.

Como señala Lacan sobre el final de su seminario sobre la angustia, cuando proferimos el nombre de quien amamos, atravesamos un umbral.

Por un momento, pasamos por el espacio de la angustia. Pero la forzamos a transmutarse en Otra cosa.

El amor también nos inunda pero, a diferencia de la angustia, queremos sumergirnos en sus olas, no queremos salir de ese mar.

Pero entonces es ese mar el que se nos escapa. El que es no siendo.

El amor es más tiempo que espacio.

Pero no es el instante eterno de la angustia, sino azar, tiempo que se va.

Como el nombre que pronunciamos.

Y si es espacio, se trata de un sitio ajeno, extranjero, Otro. Inasimilable.

Un espacio inconquistable.

El amor es una experiencia de desposesión, de allí el fracaso de todos los artificios creados para atraparlo, para ubicarlo, para garantizarlo.

El amor es la experiencia de castración más real que puede vivir un ser hablante.

De allí su fuerza, su incidencia, su gravitación, ya sea porque está, ya sea porque falta, en eso que llamamos vida.

El amor es una ditmensión, una dimensión de la palabra en la que los absurdos seres hablantes a veces nos arriesgamos.

Hay seres hablantes marcados por el amor.

Hay quienes lo viven con alegría.

Hay quienes lo viven con humor.

Hay quienes lo ilusionan.

Hay quienes lo sufren.

Hay quienes le temen.

Hay quienes lo añoran.

Hay quienes se resignan a sólo intuirlo.

Hay quienes lo presienten.

Hay quienes lo avizoran, como un horizonte lejano.

Hay quienes lo rechazan.

Hay quienes lo niegan.

 

2) El amor, entre el sujeto y el objeto

El ser hablante, agujereado por la lengua, vive la experiencia de la desposesión estructural del objeto. El acto de la palabra surge en ese espacio de la imposible relación entre el sujeto y el objeto, de lo que no se acomoda entre ellos.

Y es en eso que falta, en ese abismo que separa al sujeto del objeto, que la palabra fluye, que la palabra se arremolina, que la palabra tantea, que la palabra se lanza, y que a veces, tocada por algún encuentro, la palabra muta hasta volverse poesía amorosa.

El amor se hace con palabras que avanzan, osadas como un destello, en ese espacio ciego.

A ese espacio ciego lo llamamos, con Freud, castración, ese espacio en el que se interna Edipo de la mano de Antígona, desgarrándose para siempre de ese objeto que creía poseer y que en verdad lo poseía, Yocasta, una vez que la palabra verdadera opera.

 

3) El amor, entre el hombre y la mujer

Lacan pesca en un almanaque un poema de Antoine Tudal al que volverá una y otra vez en su enseñanza. En ese poema, ese espacio de la imposible relación entre el sujeto y el objeto es redoblado, hasta llegar a la imposible relación entre el hombre y la mujer. Dice así:

Entre el hombre y la mujer está el amor.

Entre el hombre y el amor hay un mundo.

Entre el hombre y el mundo hay un muro.[1]

Se trata del lugar del amor en el ser hablante como un lugar entre, un lugar de intervalo, allí donde la relación sexual entre el hombre y la mujer no se escribe.

Es a partir de la existencia del dos (deux), de ellos (d’eux), dice Lacan, que emerge la alteridad, el Otro sexo, el que escapa al Uno. Ese espacio en blanco entre el hombre y la mujer que impide que se complementen, que se unifiquen, es justamente tres, el entre, el amor.

En la trinidad cristiana es llamado Espíritu Santo, el tercero es allí el amor entre el padre y el hijo.

El espacio de amor es un espacio matemático, resultado de una cuenta muy precisa.

El amor es una matemática poética.

 

4) El amor por el nombre

El nudo bo no es más que la traducción de algo (…), que el amor (…) se dirige al padre, en virtud de que se lo considera portador de la castración.[2]

Esta observación que hace Lacan en su seminario sobre Joyce es una de las tantas que indican que el primer nombre del amor es el Nombre del Padre. Freud, por su parte, trataba de darle alcance a la función del padre en el amor a través de la identificación primaria, que procede por una incorporación solo realizable en el plano del amor, como testimonian los atragantamientos anoréxicos cuando hay rechazo de padre.

El Nombre del Padre introduce el tres del falo entre la madre y el niño, es el cuatro que garantiza el entre. Es el nombre que anuda en el vacío, que sostiene el nudo bo...rromeo.

El Nombre del Padre es el que inyecta la castración en la lengua, es el que abre ese espacio imposible entre el sujeto y el objeto, entre el hombre y la mujer.

El Nombre del Padre es el que nos hace n’ombres, hombres o mujeres que vivimos en la dimensión del nombre, en la dimensión del amor.

Es por el Nombre del Padre que el amor es amor por un nombre.

 

5) La pérdida de la ditmensión amorosa

No es un vacío

Es un hueco de amor[3]

Esta estrofaubica muy bien lo propio de la época de la declinación de la función paterna: es el hueco en el lugar del amor, la pérdida de la dimensión amorosa, tal como señalaba Lacan en su seminario "Los nombres del padre o Los no-incautos yerran".[4]

Esta elección actual que privilegia otro tipo de nominación es correlativa de la incidencia del discurso de la ciencia en el discurso del amo: el surgimiento de la posibilidad de la producción masiva de objetos técnicos que amplifican notablemente las posibilidades de goce autoerótico, a los que Lacan llamará gadgets.

Este nuevo tipo de objeto, tomado en la lógica del mercado, dará lugar a una mutación radical del discurso del amo, que es el discurso del capitalismo. Este discurso tiende a cerrar el espacio entre sujeto y objeto, promoviendo la ilusión de que existe la posibilidad de sutura de la falta de goce estructural del sujeto por medio del gadget.

El discurso del capitalismo tiende a borrar el espacio del entre. Es por eso que Lacan planteará en su seminario "El saber del psicoanalista" que este discurso forcluye la castración, provocando el apartamiento de las cosas del amor.

Y este discurso afecta no sólo a quienes tienen la posibilidad económica de acceso a este objeto, sino también a quienes no la tienen y que pueden, entonces, dedicar su vida ya sea a anhelarlo, ya sea a arrebatarlo.

 

6) El niño generalizado y el empuje a la homosexualidad

Los nenes con los nenes

las nenas con las nenas

En unas jornadas dedicadas a las psicosis infantiles, Lacan interviene calificando la época que se abre en la posguerra con el sintagma del niño generalizado.[5] Se trata del momento en que, a medida que comienza a imponerse el american way of life, entramos en un mundo televisivo, de puro entretenimiento, mundo denegatorio de los horrores del encuentro con lo real propio de las guerras mundiales, y en el que no por casualidad se produce justamente el fenómeno del baby boom.

En este disneymundo somos todos niños aburridos que buscan divertirse, siempre anhelando el nuevo objeto que venga a suturar nuestra división subjetiva. Y, como los cartoons, nos volvemos todos un poco aparatos: nos enchufamos, nos desenchufamos, nos ponemos las pilas, nos caen las fichas, y a veces tenemos la suerte de hacer un click.

Sin darnos cuenta, pasamos de la poesía amorosa al msje de txto, rellenando hasta el cansancio los espacios vacíos, ahorrando tiempo y espacio hasta el hartazgo.

Los nenes de treinta o cuarenta años se juntan a jugar a la play un viernes por la noche mientras las nenas de la misma edad se van de viaje de solteras o hacen una fiesta de disfraces, eso sí, con ácidos porque sino es aburrido. Michel D’Houellebecq describe magistralmente este mundo de hastío en su famosa novela "Las partículas elementales".[6]

La vigencia de la segregación urinaria, propia de la infancia, rige desde entonces las relaciones entre los sexos, lo que desemboca en un empuje a la homosexualidad: cada sexo por su lado, evitando el encuentro.

Cada sexo por su lado va poblando este disneymundo de todo tipo de seres que no son ni hombres ni mujeres. Se habla entonces de los n sexos, de la desaparición de la clásica bipartición masculino-femenino.

Los n sexos enloquecen el espacio posible del amor, allí no es posible contar. Y, cuando lo consiguen, terminan haciendo nudos que no son borromeos, que no anudan en el vacío, y que dan lugar a síntomas bien propios de la época.

 

7) Los pseudo-amores: el empuje al narcisismo

Por no estar ahí tu amor perdí

Igual puedo jugar al porno Star[7]

Esta cancióncondensa muy bien lo que ocurre con el amor en la época: por no estar ahí, en ese espacio que se abre al encuentro con el Otro, el sujeto actual en repliegue autoerótico queda encerrado en su narcisismo: podrá ser una estrella porno gozando del sexo por internet, por el canal de televisión "Venus", por DVD.

El o ella, niños indiferenciados, modelando infatigablemente su imagen para volverse un digno ciudadano del disneymundo: las horas de gimnasio, las dietas, la ropa de marca, el último celular que tenga todas las funciones, las lolas nuevas para los quince de ellas, los deportes extremos para las fotos de él, las marcas registradas en el cuerpo: tatuajes, piercings, etc.

Si ya está más grande, el auto último modelo, los viajes. Para él, los viajes de negocios o de trabajo (hay problemas porque ahora a veces ella también tiene sus viajes de negocios o de trabajo, y es un lío ver con quién se quedan los niños reales); para ella, los viajes con las amigas, para todos las vacaciones (en las que no debería faltar la redundancia de visitar Disneyworld, preferentemente para los quince de la nena), la casa en el country, el auto deportivo para él, la cuatro por cuatro para que ella juegue a la mamá gallina.

La familia a toda costa, si es necesario, tratamientos de fertilidad a repetición, también hasta el cansancio, las cirugías plásticas hasta la muerte, ¡qué no se note por favor, al menos no tan patéticamente como en la vejez, que ya estamos grandes!

Si no tolera la convivencia con el otro sexo, puede entretenerse con relaciones sin compromiso.

Si es nene sale con varias, simultánea o sucesivamente. Eso sí, les advierte desde el principio que no quiere nada serio... ¡Ahora que están avisadas es problema de ellas si se enamoran!... Pero ellas suelen no entender las reglas, o las infringen para molestar, así que mejor están las prostitutas (precursoras del gadget desde tiempos inmemoriales), pero si igual lo asustan porque son mujeres, están los travestis... Tranquilo, tranquilo, hermano... Todo está en su lugar.

O puede arriesgarse a convivir con otro hombre, ellos sí que saben lo que es el sexo. En principio estaría garantizada la ausencia de irracionalidad femenina, la ausencia de agujero. Pero nunca se sabe... ¡Algunos se feminizan al punto de pretender vivir un amor!

De todos modos, en ese caso azaroso, ambos pueden volver a encontrar su lugar en disneymundo casándose, adoptando niños, y comprando el auto y los viajes y la casa en el country.

Si es nena... Si es nena siempre está más complicada, ya lo decía el misógino de Freud. Las nenas casi siempre algo de mujeres tienen, siempre se salen un poquito del disneymundo, casi siempre quieren vaya a saber qué cosa extraña que no se puede comprar...

De todos modos siempre tiene la alternativa de dedicarse a desarrollar alguna brillante carrera, que la protege bastante bien de la ausencia de amor en su vida...

Si no fuera por esos fenómenos psicosomáticos que padece… o esa bulimia por las noches al volver a la casa vacía… o esa necesidad de pastillas para dormir… o algún ataque de pánico, por suerte, muy de vez en cuando, después está todo bien.

Ella sabe que de los hombres no puede esperar demasiado, su yo le da casi todo lo que necesita… siempre y cuando no le devuelva en el espejo la inquietante mirada de su madre.

Lo que ya no espera de los hombres puede no esperarlo de su yo, sino de otra mujer, alguna mujer que se le antoje fuerte, un yo fuerte en el cual cobijarse, una imagen que la sostiene. Una imagen desnuda, desprovista de esa perversidad que el falo inyecta en el deseo masculino.

 

8) Los des-amores: el empuje a la depresión

Y abatidos van los dos sin creencia o religión

Un retorno eterno al vacío vacíos[8]

La imagen, narcisista, no es nunca un tratamiento eficaz del vacío. La inflación narcisista intenta tratar, por medio de una imagen hueca, un agujero real que tarde o temprano se hace presente. Tarde o temprano, la excitación maníaca recae en el pozo melancólico.

La otra cara del empuje al narcisismo es la depresión generalizada, ese abatimiento del que habla la letra de la canción citada al comienzo de este apartado.

En el discurso del capitalismo, el sujeto vive la experiencia de la ausencia de satisfacción completa cotidianamente: cada vez que adquiere un objeto, verifica que no lo satisface. Pero, a la vez, a diferencia de los campos de la creencia o de la religión a los que hace referencia la canción, se encuentra acorralado en la relación con un objeto que no incluye la castración. No encuentra entonces, en el discurso que habita, los elementos para entrar en la dimensión del amor, y no le queda otro remedio que relanzarse en la búsqueda ilusoria de un nuevo objeto que lo colme, lo que asegura un fracaso inminente.

Es en esa misma cama que no logra habitar con las caricias del amor, que el sujeto consumidor caerá, rendido, en la depresión.

 

9) Del amor de transferencia a los derechos del consumidor

Toma toma coca coca y cada vez está más roca

Huele, huele, y más le duele no creer en otra cosa[9]

Estas líneas de la canción muestran hasta qué punto el drogadicto es el consumidor ideal: de la coca-cola a la coca-coca, buscando esa roca de la degradación. La a-dicción es la in-creencia en la palabra.

En esta época, quien más quien menos, somos todos consumidores. Si no consumimos drogas químicas, consumimos otro tipo de "paliativos" (así los llamaba Freud[10]) al desgarro original que es el ser hablante.

La astucia del mercado ha extendido la lógica del gadget hasta campos inauditos: todo se compra, todo se vende, todo se asegura.

La salud, incluida la mental, está prepaga, y el paciente-consumidor está en su derecho al exigir garantía de eficacia: ¡y no me vengan a hablar de transferencia!, esos artilugios de la sugestión son cosa caduca, se trata de hacer un pacto entre el paciente y el terapeuta, en el marco de una relación dual, sujeta regularmente a una mutua evaluación supervisada por un orden burocrático que no debe fallar.

Recuerdo a aquel joven empresario exitoso que no creía en los psicólogos y cuyos inquietantes ataques de pánico lo trajeron a la consulta: ¿podría ponerse en mis manos sin una garantía de eficacia? ¿Podía yo garantizarle que los ataques no se repetirían? Y finalmente, en caso de ocurrir esto, ¿podría llevar adelante con éxito un juicio por mala praxis?

Nada más justo que estos derechos que esgrime el sujeto, ausentándose por completo del campo del amor de transferencia, único lugar donde podría salir del pánico que le provoca la relación con el prójimo.

 

10) El deseo del analista, salida de disneymundo

Cuanto más santos hay, más se ríe,

es mi principio, véase la salida del discurso capitalista.[11]

En este párrafo de "Televisión",Lacan equipara la posición del analista con la del santo. Define al santo como aquel que permite al sujeto del inconsciente tomarlo por causa de su deseo. En esta posición ubica la posibilidad de salida del discurso capitalista.

Ya que, perdido en medio de todos estos imperativos de consumo, hay un sujeto que sufre.

Estar desterrado de la dimensión de la palabra provoca dolor.

Es por ello que los des-amores sintomáticos contemporáneos pueden llegar a tener la suerte de encontrarse con el deseo del analista.

Oportunidad de salida del disneymundo, ya que el deseo del analista opera en el campo del amor, y cuando no lo encuentra lo desliza, lo sugiere, lo abre, incluso a veces lo introduce por la fuerza, traumáticamente.

Es un deseo despierto, siempre atento a las fisuras del disneymundo, siempre listo para tomar alguna de sus habitaciones estancas e idénticas por sorpresa, por asalto.

Su arma es esa poesía analítica que llamamos interpretación, acto que opera en un campo preciso, en el que se vuelve posible la cuenta.

Cuando da en el blanco, su efecto es la risa, el saber alegre, el retorno paulatino a la vida del inconsciente, que es la vía del deseo atravesado por la castración.

NOTAS

  1. Lacan, J.: El Seminario, Libro 19, Ou pire. No editado.
  2. Lacan, J.: El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 148.
  3. Aquí se hace referencia a la canción de Bersuit Vergarabat "El viejo de arriba".
  4. Lacan, J.: El Seminario, Libro 21, "Les non-dupes errent". No editado.
  5. Lacan, J.: Autres écrits, Seuil, París, 2001, pág. 369.
  6. D’Houellebecq, M.: "Las partículas elementales", Anagrama, Barcelona, 2001.
  7. Canción "Porno Star" de Bersuit Vergarabat.
  8. Canción "Desconexión sideral" de Bersuit Vergarabat.
  9. Canción "La calavera" de Bersuit Vergarabat.
  10. Freud, S.: "El malestar en la cultura", en: Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, Tomo III. pág. 3017.
  11. Lacan, J.: "Televisión", en: Psicoanálisis. Radiofonía & Televisión, Anagrama, Barcelona, 1980, pág. 99.
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