Septiembre 2010 • Año IX
#21
Hacia el VIII Congreso de la AMP

Brainstorming

Carmen Cuñat

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DANIEL ABATE. Artista: Nicanor Aráoz.
Título: Sin título. Año: 2009.
Técnica: C-print. Toma directa digital.
Medidas: 1.46 x 1.26 mts.

Cada vez más acuden a la consulta mujeres cuya queja apunta a la soledad, parapetadas en el sintagma "Todos los hombres son iguales".

En su búsqueda de partenaire - porque en mi pequeña estadística no se percibe una renuncia al respecto - ellas suelen acudir a las redes sociales virtuales, y en muchos casos eso relanza sus sueños.

Se suele decir que esas redes permiten la reconexión porque el cuerpo, los cuerpos, pueden sustraerse. Ahí, ellas no necesitan, dicen, disfrazarse para mostrarse. Pero cuidado: cada vez más también el encuentro en la Red, que parece hacer existir la relación sexual, trae consigo el estrago. "Estrago express", así lo llamó una analizante que, frente a la posibilidad del encuentro, se lanzó a poner en la Red sus pensamientos más íntimos, los que cuidadosamente había elaborado bajo la forma de ficciones; ficciones que venían a suplir una relación desfalleciente con el falo y con la castración. En el momento álgido de los intercambios ella encontró la gran excitación y en el momento siguiente una angustia sin medida. Y es que, sin duda, el cuerpo está presente en esos intercambios, el cuerpo como sustancia gozante; ese cuerpo que se goza y que el sujeto histérico rechaza porque intuye que es algo muy desmedido.

En un análisis se trata de encontrar una relación con ese cuerpo mediatizada por la palabra. Una palabra que dé la medida, aunque no toda.

Hemos podido escuchar en los últimos testimonios de los AE, sobre todo en los testimonios de mujeres, la necesidad de que en algún momento el analista responda con su cuerpo, el suyo, lo haga presente: Un gesto de acogida, una sonrisa a destiempo, una mirada distraída, un empujoncito a la salida, valen más que mil palabras. ¿Cómo tomar esos signos del analista que, en efecto, relanzan el deseo del analizante? ¿Qué estatuto darles? ¿Se trata de una vuelta al lenguaje preverbal? No, esos signos tienen estatuto de acto, y el acto analítico es siempre deudor de lo simbólico. El acto analítico está precedido por la palabra analizante. De hecho, esos movimientos del analista no son imprescindibles. A veces es suficiente que los movimientos de la paciente encuentren su lugar. En el caso que precede es ella misma la que pide sentarse para volver a encontrar los bordes frente a una mirada apaciguante.

A mi entender, esos signos cumplen dos funciones: una, la de mostrar y conceder que no todo el goce pasa por la palabra, y esto para una mujer es a veces un verdadero alivio; la segunda, es para recordarle que eso está ahí y que, por el momento, un sujeto, el sujeto supuesto saber, lo encarna para ella.

El analista del siglo XXI, a mi parecer, va a tener ante todo la tarea de proporcionar el marco simbólico para dar un lugar a lo real de ese cuerpo, que los avances tecnológicos tanto desdeñan, por otras razones que la histeria. O es el acto analítico el que permite que el goce de ese cuerpo resuene o será la intrusión salvaje del protocolo electrónico y del bisturí.

En cuanto a la soledad, un analista digno de hacerse amar es aquel que viene al lugar del al menos uno que no entiende lo que ella tampoco entiende ni entenderá nunca, pero que no se desentiende, que la acoge. Eso la puede orientar en sus elecciones.

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