Febrero 2008 • Año VII
#17
Dossier: El empuje al hedonismo en la civilización contemporánea

El horizonte autista y mortífero del goce

Luis Darío Salamone

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La Tapadita
120 x 170 cm
Diana Chorne

En este trabajo se argumenta contra la falaz apelación al hedonismo antiguo como dando cuenta de la situación actual de nuestra sociedad y el consumo de drogas, destacando que lo que podría tomarse de Epicuro es solo alguna observación secundaria. Sí son más pertinentes las descripciones de otros pensadores y autores como Bauman, de Quincey, o Bukowsky para acercarnos a los impases del discurso capitalista con su puesta en juego del plus de gozar, que sume al sujeto en un goce autista y obtura otro tratamiento de la sexualidad y la muerte. Pero, en verdad, es el cinismo el que mejor da cuenta de la posición del toxicómano. Posición ante la que el psicoanálisis, vía la transferencia, puede permitir darle otro cause a esa relación obturada con el Otro. "Quien se prepara de la mejor manera para no depender de las cosas externas, éste procura familiarizarse con todo lo posible: y que las cosas imposibles no sean al menos extrañas. Respecto a todo aquello con lo que no es capaz siquiera de eso, lo deja al margen y marca los límites de todo lo que resulta útil para su actuación."
Epicuro [1]

 

1- Las relaciones del sujeto con su goce

En las Apuestas del Congreso de 2008 Eric Laurent[2] se ha referido al estado actual de la civilización planteadolo como un individualismo o hedonismo conformista de masa. Afirma que un psicoanalista no pude admitir la cuestión de un hedonismo contemporáneo, ya que hedonismo implica una medida de la relación del sujeto con su goce.

El hedonismo considera al hedoné, al placer, como el bien supremo. Suelen vincularse en esta doctrina pensadores diversos. Se supone que el primer hedonista fue, a principios del siglo IV a.C., Eudoxo de Cnido, otros señalan a Aristipo de Cirene como el padre del hedonismo. Pero ha quedado en la historia ligado a la figura de Epicuro de Samos, nacido en el año 342 a.C. En su libro Del fin escribe "Yo ciertamente no tengo cosa alguna por buena, excepto la suavidad de los licores, los deleites de Venus, la dulzuras que percibe el oído y las belleza que goza la vista" [3]. Su discípulo Timócrates, luego de haber dejado su escuela escapando, según sus propias palabras, de aquella filosofía nocturna y secreto conventículo, afirma en su obra De la alegría que Epicuro vomitaba dos veces al día por los excesos del lujo y la molicie.

Más allá de las críticas a su figura y filosofía el placer propuesto por Epicuro tenía cierta moderación, podía guardar relación con el momento vivido en el presente, en el pasado o el esperado; pero en su punto culminante tendría un signo negativo, este sería la ataraxia. Por eso resultaba de importancia identificar el límite que le permitía al sujeto sentir placer, límite que podría variar en forma continua. No empujaba, como sostienen algunos, a la búsqueda de una estimulación transitoria, sino de una saciedad perdurable. Un punto a considerar es que para Epicuro el placer implica la ausencia del dolor así como de cualquier aflicción que el sujeto pudiera llegar a tener: aburrimiento, hambre, tensión sexual, etc.

Si bien lo que propone esta doctrina es encontrarse con la satisfacción, esta no se busca como un fin en si mismo sin considerar los medios, lo cual es más bien la empresa que puede comprometer a un sujeto en su relación con las drogas.

 

2- El tetraphármakos, remedio hedonista

Se supone que Epicuro escribió cerca de trescientos volúmenes, lamentablemente no ha llegado a nuestros días una obra que podría habernos ilustrado con respecto a su doctrina llamada "Sobre opción y abstinencia", en la cual se refería a la forma de escoger sabiamente los placeres. Nos han llegado, en cambio, tres cartas dirigidas a sus amigos, recogidas por Diógenes Laercio y algunos fragmentos. En estos trabajos o comentarios que han llegado de otros autores que se refieren a él, queda establecido que Epicuro sostenía que nunca hay que arriesgar la salud, las amistades, las finanzas o la condición legal tras un placer innecesario; en la medida en que no resulta esperable que el placer se mezcle con un futuro sufrimiento. El placer es reivindicado como el fundamento de la felicidad. No deja de tomar en cuenta la necesidad de moderar los deseos, rechazar los temores irracionales y encontrarse con los placeres de la vida sencilla, que toma en cuenta los goces del conocimiento, la memoria y la amistad. En uno de los libros perdidos titulado Canon, que versaba sobre las reglas para discernir lo verdadero de lo falso, planteaba que las sensaciones necesitan criterios para organizarse.

Es precisamente frente al hecho de que el placer puede derivar en el dolor que la doctrina de Epicuro va moderándose. No propone el placer de los intemperantes sino el que se funda en la ygeia, la sanidad del cuerpo y sobre la ataraxía, la tranquilidad del espíritu. Se trata de un placer que toma en cuenta la phrónesis, la prudencia. Se trata, en definitiva, de un placer calculado. Que no lleva a los dolores del cuerpo o a la turbación del alma. Cuando a los placeres les sigue una molestia mayor conviene soslayarlos. Nos dice: "Un recto conocimientos de estos deseos sabe, en efecto, supeditar toda elección o rechazo a la salud del cuerpo y a la serenidad del alma, porque esto es la culminación de la vida feliz."[4]

Epicuro sentía una suerte de rechazo por la ciudad opulenta, por la política de lujo y de consumo, ya que estas cuestiones animalizaban al ser humano y lo empujaban a la miseria y al dolor. El placer y el dolor son los hilos que atraviesan nuestra carne y nos dan la pauta de lo que nos resulta conveniente. Su búsqueda por momentos se torrnaba modesta: "Siento gozo de mi cuerpo al alimentarme de pan y agua, y escupo sobre los placeres de la suntuosidad, no por ellos mismos, sino por las trampas que nos tienden."[5] Se trata de una vida placentera con gusto por la sensatez. La eudaimonía, la felicidad, no pasa por el campo del tener sino del ser.

Como toda filosofía helenista la de Epicuro tiene un significado práctico, es una filosofía de la vida, es una medicina para los males de la vida: el temor a los dioses, el temor a la muerte, el temor de que el bien sea difícil de procurar y el temor a los males inminentes. Alguien podría pensar en alguna droga como un remedio ante estos y otros temores, pero el antídoto que Epicuro propone sólo se vincula con los fármacos por una deriva significante, se trata del tetraphármakos. "Siempre sea tu ayuda el tetraphármakos: que la divinidad no debe producirte ningún temor; que no es temible la muerte, que es fácil procurarse el bien, que es fácil soportar el mal"[6]

El hedonismo ha tenido muchos detractores y ecos en pensadores como Hobbes, Locke y Hume que lo tuvieron en cuenta en su filosofía, la teoría utilitaria del siglo XVIII y Bentham han sido señalados como sus continuadores. Pero muchos se refieren al hedonismo en un sentido más laxo.

Resulta interesante como varios libros que han aparecido últimamente, particularmente defendiendo el derecho a drogarse, toman el término como parte de su argumentación. Uno de los más interesantes es el de Stuart Walton: "Una historia cultural de la intoxicación", en su prólogo Fernando Savater plantea: "los que preferimos las tabernas y los estancos a las farmacias echamos de menos que la cuestión de las llamadas drogas rara vez se plantee en su auténtico terreno hedonista, es decir, el de la reivindicación humanísima del derecho a la embriaguez"[7].

Según Walton la era cristiana y su influencia en las instituciones culturales llevó a una represión del hedonismo. El papel del vino que, para los griegos, tenía una doble función: ser el sacramento del culto a Dionisio y servir de lubricante social que animaba los debates filosóficos del simposio, fue quedando en la historia. La borrachera dejó de tener ese costado digno para en siglo XIX convertirse en una patología.

Walton aprovecha para mandarnos una recomendación a los psicoanalistas. Así como el psicoanálisis, escandalizando a la época, planteó la necesidad de reconocer las pulsiones sexuales en lugar de asfixiarlas, "podría sugerir provechosamente a muchos de sus clientes actuales que tuvieran el mismo valor para identificar el impulso que los mueve a drogarse…"[8]

Estimado Walton: 1- El psicoanalista trabaja con analizantes, clientes acaso tengan los dealers, 2- Generalmente el impulso que lo lleva al sujeto a intoxicarse es precisamente el rechazo de saber acerca de la sexualidad, de la dimensión de imposible que se juega entre los sexos.

Lo que quizás podríamos tomar de Epicuro para vincularlo con el campo de las toxicomanías es su crítica al imperio asfixiante que puede provocar la información en un sujeto, esto determina la capacidad para entender el mundo, marca la dirección de una ideología, sin embargo el sujeto se atascará en grumos ideológicos. Ese "atasco mental" es testimoniado frecuentemente apareciendo como una de las funciónes de la droga que le permite al sujeto salirse de la dimensión torturante del pensamiento. Dejar de vivir, como lo plantea Fito Paez, atormentado de sentido.

Resulta pertinente la referencia al toxicólogo alemán Louis Lewin "todo el mundo tiene derecho a hacerse daño a sí mismo". El psicoanálisis no plantea una moral al respeto, pero en este punto se juega una patología de la ética, lo que el psicoanálisis permite es hacerse responsable de su goce al sujeto que se decide a consultarlo. Ni la moral kantiana ni la sadiana son una solución pertinente para las encrucijadas que al sujeto lo llevan al aturdimiento.

Como lo planteó Eric Laurent ese goce más allá del principio del placer al cual podría empujar el llamado hedonismo moderno, primero considerado como un sueño, luego como una cantinela, "indica el horizonte de la pulsión de muerte", por eso la adicción es definida como "el horizonte autista y mortífero del goce".[9]

En el origen de la relación de un sujeto con las drogas encontramos los viejos representantes pulsionales: sexualidad y muerte. La pubertad, en la cual el sujeto se enfrenta con la sexualidad, acostumbra a ser una de las razones. El rechazo de la muerte que, paradójicamente, puede llevarlo al sujeto a matarse, suele ser otra. Muchas veces será otro contacto con la posibilidad de la muerte lo que determine sus razones de salida; pero escapando es como el sujeto se mete en la trampa.

Una de las máximas de Epicuro nos muestra una de esas típicas entradas al universo de las drogas, y sus consecuencias: "Tan grande es la ignorancia de los hombres, tan grande su locura que algunos que por temor de la muerte son empujados a la muerte."[10]

 

3- El yugo hedonista

Es una buena oportunidad para comentar el último libro de Zygmund Bauman que precisamente retoma la cuestión del hedonismo. Nos hemos referido a él en otras oportunidades. Recordemos brevemente sus desarrollos. Fue muy celebrada su metáfora para dar cuenta de la fase actual de la modernidad. La modernidad ha sido, desde un principio, un proceso de licuefacción. Los sólidos se han ido disolviendo. La modernidad fluida derrite "los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivas"[11]. Podemos decir que la modernidad ha ido resquebrajando los vínculos entre el sujeto y el Otro. Ya en su primer libro, poniendo a prueba su paradigma de lo líquido, plantea como la compulsión se ha convertido en una adicción. Buscar consejos, ejemplos, guías, puede ser una adicción. Al hacerlo, más se lo necesita y más desdichado se encuentra el sujeto. Bauman plantea que cualquier adicción resulta autodestructiva, ya que destruye la posibilidad de que el sujeto se encuentre satisfecho alguna vez. Quien busca una receta para vivir bien y los accesorios necesarios para hacerlo, se encuentra con que tienen fecha de vencimiento. El consumo lo mete al sujeto en una carrera en la cual la línea de llegada se desplaza más velozmente que él. Si bien sus consideraciones respecto al deseo no guardan una relación estrecha con la nuestra, ya que lo reduce a las cosas del querer, sus conclusiones resultan válidas: "Ahora al deseo le toca el turno de ser desechado"[12]. Llama anhelo a aquello que lo reemplaza. Para la sociedad posmoderna sus miembros son fundamentalmente consumidores, no productores.

En su obra posterior, "Amor líquido"[13] Bauman pondrá a prueba su paradigma de la liquidez para dar cuenta de los vínculos humanos actuales, partiendo de una novela de Robert Musil, a la cual se ha referido Miller. El actor central es precisamente el hombre sin vínculos. Hombres sueltos que deben conectarse, pero sin grandes perspectivas de duración. Vínculos lo suficientemente flojos para que resulten fáciles de desatar. No abundaremos en comentarios con respeto a este libro que ya hemos tratado en otra oportunidad, pero queda claro que al establecerse "relaciones de bolsillo", que se pueden sacar del mismo o volver a arrojarse allí, el que puede ser desechado ahora no es el deseo sino el sujeto mismo. La característica de nuestra época es la velocidad, como lo planteaba Ralph Emerson cuando se patina sobre hielo fino, lo que puede salvarnos es la velocidad. Podemos utilizar el término red en lugar de sociedad, lo que nos permite conectarnos tan rápidamente como desconectarnos del otro.

En "Vida líquida" Bauman dedica un capítulo a los "Consumidores en la sociedad moderna líquida". La existencia de la sociedad de consumo se basa en la promesa de satisfacer deseos, promesa que tiene valor en la medida en que los deseos permanecen insatisfechos. De la necesidad se pasa a la compulsión o a la adicción. Los objetos de consumo se promueven para ser luego devaluados. Lo que se devalúa es el sujeto. Un punto interesante es la promoción del goce autoerótico que Freud ha ligado a las adicciones, el consumo se liga a una actividad solitaria, aun cuando se realice en compañía.

Bauman aislará el "síndrome consumista" que consiste, por encima de todo, en una negación enfática, tanto del carácter virtuoso de la dilación, como de la corrección y conveniencia del aplazamiento de la satisfacción[14]. Este síndrome degradó la duración en beneficio de la fugacidad. La rapidez, el exceso y el desperdicio son los rasgos más destacados del síndrome consumista. El mercado es una suerte de Rey Midas que todo lo que toca convierte en artículo de consumo. Esta satisfacción instantánea que se promueve junto al exceso pone en primer plano la cuestión de las toxicomanías. El sujeto que consume drogas muchas veces se constituye en el "consumidor ideal" y, no tarda en convertirse en un objeto del consumo.

En su libro siguiente Bauman realizará un inventario de los más frecuentes temores de nuestra sociedad líquida. En lugar de controlar o eliminar los desastres, la sociedad es capaz de producir desastres humanos parecidos a los naturales. ¿Cómo se llama la obra? Adivinaron: "Miedo líquido"[15].

Cuando los libros de Bauman comenzaban a mostrar en acto lo que es un objeto de consumo, publica "Vida de consumo". Nuestra sociedad de consumidores "se caracteriza por refundar las relaciones interhumanas a imagen y semejanza de las relaciones que se establecen entre consumidores y objetos de consumo" [16]. En la sociedad de consumidores, afirma Bauman, nadie puede convertirse en sujeto, sin antes convertirse en producto. La característica más importante de esta sociedad, "es su capacidad de transformar a los consumidores en productos consumibles."[17]

El consumidor es consumido. Incluso, como lo ha planteado Mauricio Tarrab, "la gran boca que debe preocuparnos no es la de los consumidores, la gran boca consumidora que hace de correlato con la caída del padre, es la gran boca del deseo materno, cuyas consecuencias son siempre estragantes"[18].

Bauman se pregunta por la felicidad en la moderna sociedad de consumidores. Recoge la opinión de Richard Layard que, en su libro sobre la felicidad, denomina al consumo "yugo hedonista". Este dista de ser una maquinaria que otorga un volumen de felicidad al día. Aunque ha decir verdad habría que ver con qué criterio de felicidad nos manejamos, ya que el consumo puede alimentar la felicidad propia de la pulsión de muerte.

El discurso capitalista genera efectos que, lejos del hedonismo, pone en juego al plus de gozar. Al borrar la castración, el acceso al goce por parte del sujeto, se da de una forma tal que supone un encuentro con una satisfacción que lo empuja más allá del principio del placer. Lo sumerge en un goce autista, en una posición cínica. Lo introduce en el pantano mortífero de la pulsión de muerte donde el sujeto puede ser tragado. La dimensión autista del goce lo invita al sujeto a pisar la tierra en un pantano del cual le costará mucho salir sin que le den una mano, sin un palo del cual poder tirar para salir del lodo. Pero, mientras tanto, rechaza esa posibilidad, empantanado en su goce. La herramienta que el analista le ofrece pasa por cambiar su dimensión, entrando en el goce de la palabra.

 

4- El cinismo moderno

Desde su origen en el TyA hemos ligado a las toxicomanías a otra corriente filosófica que el hedonismo. Se trata del cinismo. Un filósofo que ha tenido tanta difusión como el sociólogo que comentamos en el punto anterior, Michel Onfray, ha escrito un libro que nos permite enriquecer nuestra perspectiva, se trata de "Cinismos". Su recorrido nos muestra la posición de Aristipo, que se preocupaba por gozar del presente y prefería los placeres del cuerpo a los del alma. Los cirenaicos proponían que el placer es un bien, aunque pueda llegar a provenir de las cosas más vergonzosas. Los euchistyas "repudiaban el trabajo y pasaban la mayor parte del tiempo sin hacer nada. Cuando no sucumbían al dolce far niente, se dedicaban a bailar y consumir estupefacientes"[19]. No nos detendremos a comentar los postulados cínicos ni sus figuras emblemáticas, ya que han sido motivo de discusión frecuente en el TyA. Simplemente recordaremos que la posición cínica era una forma de repudiar al amo antiguo e implicaba un rechazo del Otro. Hace años nos hemos referido al cinismo como una posición subjetiva.

Hay que decir que los cínicos tenían una vertiente más que interesantes para los psicoanalistas, entre ellas el uso de equívocos en su enseñanza. Además nos permite hablar de una consecuencia propia del final de análisis: el saldo cínico. Es sólo en el punto de rechazo del Otro que los tomamos para compararlos con el sujeto que consume sustancias tóxicas, en tanto permiten dar cuenta de un goce autista.

Diógenes de Sínope según algunas versiones se suicidó, según otras lo hizo de una manera mitigada, por negarse a utilizar el fuego, protestando contra Prometeo, símbolo de la civilización, comía alimentos sin cocinarlos, hasta que no pudo ser digerir un pulpo crudo.

Onfray incluye en su libro un apéndice donde presenta los cinismos vulgares que circulan en nuestros tiempos, dentro de ellos está el llamado "cinismo capitalista", analizado por Marx en "El capital" quien "puso en evidencia la rapacidad de los capitalistas, de los economistas y de los financistas que aceitan la maquinaria con vidas humanas, al precio de la salud psíquica y la integridad corporal"[20]. No estamos de acuerdo de ubicar a Baltasar Gracián en esta categoría como lo hace Onfray. Pero es verdad que esta modalidad de cinismo moderno no duda de hacer de la vida humana el combustible para obtener los beneficios buscados.

En "Confesiones de un opiómano inglés" observamos el testimonio de Thomas de Quincey que, según sus propios términos, pasa de los placeres a los tormentos del opio. Buscando un hedonismo tóxico culmina en una posición cínica. El encuentro con el opio lo sumerge en un "abismo de divino goce", parece haber encontrado "el secreto de la felicidad sobre el que los filósofos habían discutido durante siglo… la felicidad podía comprarse ahora por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco, éxtasis portátiles…"[21]. Pero comienza a buscar la soledad y el silencio; el goce cínico no tarda en irrumpir en su vida y convertirla en un tormento. "Si el tomar opio es un placer sensual, y si tengo que confesar que me he dejado dominar por el vicio hasta el exceso no registrado por ningún otro hombre, no es menos cierto que he luchado contra esa fascinadora esclavitud con fervor religioso"[22]. Debió luchar con una fúnebre melancolía totalmente incomunicable por palabras que lo sumieron en una desesperación suicida. Sabemos que Freud advirtió que el principio del placer parece estar al servicio de la pulsión de muerte y que esta realiza su trabajo en forma inadvertida[23].

Si bien hemos observado la posición cínica por parte de los sujetos más en vinculación al consumo de otras sustancias tóxicas que el alcohol. Nos encontramos con un personaje que destila un cinismo digno de tenerse en cuenta. Se trata de Chasrles Bukowski. Un buen testimonio de ello es el título de un libro que contiene una entrevista que le realizara Fernanda Pivano: "Lo que más me gusta es rascarme los sobacos". Ya en el titulo mismo vemos que, ni se trata de un goce que pase por el Otro, ni de un goce que necesite recurrir al falo para ser obtenido. Allí plantea lo que piensa de los demás: "No me gusta la gente, no he cambiado de idea, son heces vivientes" [24]. Este Diógenes moderno afirma "No me gustan las leyes, la moral, las religiones, las reglas. No me gusta dejarme moldear por la sociedad."[25]

La función del analista es una puerta de salida a ese cinismo contemporáneo, al ofrecer, con la puesta a punto de la transferencia, la posibilidad de que esa relación al Otro obturada, como forma de rechazo del inconsciente, encuentre otro cause.

Luis Dario Salamone de psicoanalista, AE de la EOL (Escuela de la Orientación Lacaniana) y de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis).

NOTAS

  1. Epicuro. Sobre la felicidad. Debate editorial. Barcelona, 2001.
  2. Laurent, Eric. Apuestas del congreso de 2008. Página de la AMP.
  3. Laercio, Diógenes. Vida de los más ilustres filósofos griegos (Vol. II). Orbis. Madrid, 1985. Pág. 178.
  4. Ídem. Referencia 1. Pág. 62.
  5. Ídem. Referencia anterior. Pág. 33.
  6. Papiro de Herculano, 1005. col. 4. Bogliolo, Luis. La filosofía Antigua. Difusión, Buenos Aires, 1953.
  7. Walton, Stuart. Una historia cultural de la intoxicación. Océano. México, 2001.
  8. Ídem. Referencia anterior. Pág. 28.
  9. Ídem. Referencia 2.
  10. Ídem. referencia 1. Pág. 74.
  11. Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Fondo de Cultura económica. Argentina, 2003. Pág. 11.
  12. Ídem. Referencia anterior. Pág.81.
  13. Bauman, Zygmunt. Amor líquido. Fondo de Cultura económica. Argentina, 2005.
  14. Bauman, Zygmunt. Vida líquida. Paidós. Argentina, 2006. Pág. 109. Pág. 113.
  15. Bauman, Zygmunt. Miedo líquido. Paidós. Argentina, 2006.
  16. Bauman, Zygmunt. Vida de consumo. Fondo de Cultura económica. Argentina, 2007. Pág. 24.
  17. Ídem. Referencia anterior. Pág. 26.
  18. Tarrab, Mauricio. En las huellas del síntoma. Grama ediciones. Buenos Aires, 2005. Pág. 99.
  19. Onfray, Michel. Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros. Paidós. Buenos Aires, 2002. Pág. 26.
  20. Ídem. Referencia anterior. Pág. 215.
  21. De Quincey, Thomas. Confesiones de un opiómano inglés. Centro editor de América Latina. Buenos Aires, 1978. Pág. 42.
  22. Ídem. Nota anterior. Pág. 8.
  23. Freud, Sigmund. Más allá del principio del placer. Amorrortu editores. Buenos Aires, 1986.
  24. Bukowski, Charles. Lo que más me gusta es rascarme los sobacos. Editorial Anagrama. Barcelona, 1987. Pág. 22.
  25. Ídem. Referencia anterior. Pág. 29.
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