Julio 2003 • Año II
#8
Los principios de la práctica

El setting interno

Ricardo Seldes

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Aurora
Madera, pintura.
Diana Chorne

En el marco del próximo IV Congreso de la AMP sobre los Principios de la práctica analítica, R. Seldes investiga tres principios fundamentales de la práctica lacaniana del psicoanálisis: el principio de la serie, el principio de la responsabilidad subjetiva, y el principio de no comprender. Un caso clínico actual titulado ¿Puede ser analizado un mentiroso?, permite ubicar las diferencias entre el principios psicoanalíticos que implican el deseo del analista y los standards de la práctica postfreudiana que se sostienen de la contratransferencia.

 

1. El principio de la serie

Continuamos. Una vez que algo es dicho, implica una sucesión. Sólo se puede cuestionar lo que ya ha sido dicho, y eso vale tanto en un análisis lógico como en la logificación del inconciente en la experiencia analítica. Cuanto más se continúa con lo dicho, más apremiante se hace lo imposible de decir. Lo serio de la serie, que ubicamos en nuestro último Paper del lado de la producción de analistas, podemos también reconocerlo en el argumento que sostiene Jesús Santiago en el Paper # 3 cuando muestra que la serie de sesiones no es equivalente a la sumatoria de la sucesión de sesiones que componen el proceso del análisis. Suscitar la espera, como campo fértil para la sorpresa, indica el factor libidinal que se incluye en la serie y lo que la alimenta es el carácter lógico inscripto en el tiempo de saber que define a un análisis.

 

2. El principio de la responsabilidad subjetiva

Nos ocuparemos de un caso relativamente actual (1990), publicado con un título interesante para nuestro tema de las indicaciones y contraindicaciones: ¿Puede ser analizado un mentiroso? [1]

El resumen del caso es el siguiente: en principio un mentiroso no es un paciente propicio para el psicoanálisis, dado que se trata de un tratamiento basado en la veracidad. Como se presenta en el discurso, parece ser una dificultad madura, pero el análisis revela que es primitiva, que está unida a las continuas dudas y angustias del mentiroso sobre la comunicación con objetos primarios que por varias razones se han convertido para él en objetos mentirosos. Como es de esperar, el mentir ocasiona una serie de problemas que dificultan el proceso analítico. A pesar de ello, este artículo ilustra clínicamente la noción de que se puede poner en marcha un auténtico proceso analítico si el mentir se trata y entiende como la comunicación que hace el paciente de que es un mentiroso, que se identifica con un objeto mentiroso que le hace sentir gran angustia; en la transferencia ese objeto es el analista.

Al leer el relato del caso M., podemos suponer que se constatará lo que en la práctica lacaniana acostumbramos a plantear como la puesta en forma del síntoma bajo transferencia y cómo, en la rectificación subjetiva que comporta, el sujeto ha podido elaborar algo del goce que lo encarcela. Pero no es así. Nos encontramos fundamentalmente con un pormenorizado relato de la contratransferencia, de las interpretaciones que ésta suscita y fundamentalmente del inmenso sufrimiento que la analista padece, porque este tipo de pacientes, con los que no se puede tener certidumbre de nada, dañan el "setting interno del analista", me transformé en un partenaire de una perversión de la relación analítica....ellos (se refiere a M. y a otro paciente mentiroso L.) podían ver como yo pensaba que lo que habían dicho era verdad cuando no lo era, y como me corrompieron a responder lo que en efecto eran mentiras.

La analista aguardaba cada sesión con esperanza, intentando al mismo tiempo disimular la angustia que el analizante le producía. Un ejemplo de interpretación basada en el sentimiento contratransferencial es que la madre de M. era una mujer que quería contener las intensas proyecciones de su hijo, pero a la que le faltaba la capacidad para hacerlo.

La sorpresa va ganando la cura, pero del lado de la analista. ¿Cómo podía ser que un paciente que en el primer encuentro aceptó tan gustosamente las pautas del tratamiento, cantidad de sesiones, honorarios, tiempo de duración e inicio de la cura, ahora se muestre abroquelado en enunciados tan poco confiables?

Es una idea extraña para cualquier practicante lacaniano que se indique un análisis antes de tenerse alguna idea acerca de la estructura de la que se trata. Es incongruente no sólo desde la perspectiva de las posibles contraindicaciones, sino que ese período previo llamado de entrevistas preliminares permite que el sufrimiento devenga queja de sí mismo y que la queja pueda transformarse en una demanda de análisis. Lo que podemos entender, en el inicio de un tratamiento, como el principio de responsabilidad subjetiva. Principio que tendrá vigencia durante toda la cura, y aún después.

Casi debo disculparme por formular obviedades, que por estar tan incluidas en nuestro quehacer cotidiano, las damos como incuestionables e ineludibles. ¿No será pues que partiendo de estas indudables prácticas, obvias, necesarias, encontraremos nuestros principios?

El señor M. vuelve regularmente a sus sesiones y habla de sus ideas, cuenta sus sueños. Sueña que está en un convento. Tenía puesto su ojo en el agujerito que hay en la cosa giratoria (turning thing) que hay en las puertas de los conventos. La interpretación apuntará a lo mismo: el sujeto que mira a la analista como a una madre, para tratar de ver, sin padre, como ella reacciona (incompetentemente) a su comunicación.

El sueño muestra que es verdad que M. tenía a su analista "entre ojos", puesta en cuestión por exceso y por defecto, cuestión a la que ella no podía sustraerse y que la desesperaba. Si armamos la hipótesis de que M. es un obsesivo, como los que se suelen plantar en una fortaleza de aislamiento para tratar de controlar lo vivo del deseo del Otro, eso les provoca a menudo, fuertes reacciones cuando se intenta incomodar la defensa por su costado imaginario. En este caso, la insistencia de la analista por analizar la transferencia, a partir de la realidad de sus sentimientos, no toma en cuenta el significante turning, que si bien tiene algo de turn against (tomar aversión contra), es también un turn about (dar un giro, o cambiar de frente) y por sobre todas los posibles equívocos turning es una invención, tal como puede señalarlo el turning point, que es el momento de viraje, de una vida, de un etapa, de un análisis.

En poco tiempo comenzaron las mentiras a la analista que se montan en la demanda de un cambio de horario, por el arribo de una mujer conocida de él a Londres. La analista asocia e interpreta: ella le había solicitado un cambio de horario, y que eso tenía que ver con el pedido de él (me haces lo que te hice). Esta interpretación hace recrudecer la mentira, la mujer que llegaba debía hacerse un aborto, luego que sólo tenía una pierna, y mientras M. claramente termina burlándose, la analista se preguntaba por la verdad de las proposiciones. Incluso comenzó a dudar de si no se trataría de una confusión entre fantasía y realidad. Me sentía presionada y manipulada, y también confusa. Pero no cambié su horario.

Las interpretaciones comenzaron a apuntar al sentimiento de desesperación que él quería provocar en ella, y mientras tanto engordaban más el síntoma que no era reconocido como tal; el setting y la misma contratransferencia se tornaban en exigencia superyoica para la analista. Toman el valor de esas reglas que en definitiva, como lo señaló Marco Focchi en el Paper # 4, producen un efecto intimidante en el analista y obtienen el resultado de inhibir el acto analítico.

¿Qué traza las vías de la realidad, y en especial para un sujeto para quien ésta es profundamente frágil? J-A. Miller formula esta pregunta en su curso el Banquete de los analistas en el mismo año en el que se desarrollaba este tratamiento (1990). Respuesta: los mandatos del superyó en tanto tiránicos. [2]

 

3. Intermezzo: una crítica de la contratransferencia

Tal como indica Lacan en el seminario 8, desde siempre existió la noción de contratransferencia en el psicoanálisis bajo la forma de aquello que en el analista representa su inconsciente, en tanto que no analizado, nocivo para su operación de analista.

Esto que lleva de suyo al análisis del analista, no alcanzó en el intento de ir más lejos, a lo más profundo, al mayor efecto [3], sino que se complicó con la teoría de la comunicación entre inconcientes. Lo más destacable en este planteo de Lacan es de que por más que se lo analice, es impensable una elucidación completa del inconciente. Hay siempre un resto, que implica también que existirá un resto de transferencia que no podrá ser disuelto. Por más lejos que se lleve un análisis, hay una reserva de inconsciente, en un sujeto advertido precisamente a través de la experiencia del análisis didáctico, continúa Lacan, y que sepa de algún modo jugar con ella como con un instrumento, como con la caja del violín, del cual, por otro lado, posee las cuerdas. No es sin embargo un inconsciente en bruto. Es un inconsciente suavizado, un inconsciente más la experiencia de este inconsciente. [4]

El problema se plantea entonces en cómo hacer, o cómo saber-hacer con eso. El ideal estoico de analista apático es un imposible, una verdadera contradicción a lo que calificamos como deseo del analista. Lacan quiere radicalizar su posición y plantea que cuanto más analizado esté el analista, más posible será que esté francamente enamorado, o francamente en estado de aversión, o de repulsión, bajo las modalidades más elementales de las relaciones de los cuerpos entre ellos, respecto a su partenaire. [5]

Hecha esta salvedad, digamos que la crítica que Lacan realiza de la contratransferencia apunta esencialmente a la concebida como los sentimientos experimentados por el analista en el análisis de sus pacientes. Y parte del principio que la sustenta: el vaivén de la introyección del discurso del analizado, y de algo que admite en su normalidad, la posible proyección sobre el analizado de algo que se produce como un efecto imaginario de respuesta a esta introyección de su discurso... Una circularidad sin cortes que lleva a que el analista sea el receptáculo de la proyección de la cual se trata; que sienta en sí mismo estas proyecciones como un objeto extraño. Lo cual le deja en una singular posición de vertedero. [6]

 

4. El principio de no comprender

J-A. Miller en su clase del 3 de abril de 2002 ha aislado un principio que compartimos y que parte de la diferencia que tiene la práctica lacaniana con este modo de hacer : abstenerse de la comprensión emocional, prohibirse, bloquear la traslación de los afectos y considerar que ahí está el engaño que impide el progreso de la experiencia.[7] Un principio que coincide con una contraindicación al analista.

Un segundo sueño de M. se produce en el análisis. Yo estaba alimentando a dos chanchos con alguna cosa (stuff); algo de la cosa era comida, algo era basura. Los chanchos no conocían la diferencia entre la comida real y la basura. Comían todo. Entonces un perro negro entró y, en el sueño, yo tenía una cosa (thing) negra más grande aún, para lidiar con el perro. Ella interpreta: "los dos chanchos que usted alimenta me representan a mí. Y teme que yo no me dé cuenta de la diferencia entre sus verdaderas comunicaciones y su basura". M queda sorprendido por primera vez: Nunca pensé que me iba a interpretar que los dos chanchos eran Ud. Lo que lleva a la interpretación final: "ahora Ud. sabe que yo puedo discriminar lo real de la basura, y eso es importante para Ud.".

Desde ese momento ella dice que puede retomar la dirección del tratamiento. Inadvertidamente se posiciona como objeto, hace semblante de tragarse (swallow) lo que él tiene para darle, lo que desplaza a que se indique, cómo M. se satisface con su propia cosa negra, el verdadero centro de las mentiras, su modo de gozar del inconciente, el goce fálico que obtiene con ellas, quedarse en su reducto mientras el perro del Otro quiere entrometerse. [8]

La última enseñanza de Lacan demuestra bien el estatuto de la palabra. Como ha planteado Esthela Solano en el Paper anterior, lo que se pone en primer plano no es la función reveladora de la palabra sino su ejercicio de goce al servicio de no querer saber nada. "La palabra no se ejerce con fines de comunicación, sino con fines de goce. Lalengua y la palabra satisfacen el goce del bla bla, el que da cuenta del soliloquio, y comporta un funcionamiento autista".

Los pensamientos contratransferenciales y el "setting interno" hacen gozar al analista, constituyen su lalengua y en el dispositivo que se arma, lo estigmatizan como sujeto del pathos, dejando al paciente en el lugar del agente-objeto. Refiriéndose a M y a L., ella dice: "me corrompieron a responder a las mentiras, lo que aumentaba su excitación y sentido de la omnipotencia. Entonces internalizaron a un contenedor corrupto, y en identificación, devinieron menos capaces de diferenciar o contener sus propios estados mentales, y su ansiedad fue aumentada por la hostilidad de su superyó en sus éxitos perversos".

Si en cambio el analista, por su acto en la interpretación, acepta ser el destinatario de la palabra que en definitiva es siempre mentirosa, entonces se verifica que la sorpresa que causa, es el signo de que asume la inclusión de un elemento azaroso en la interpretación. Se trata del reverso de una práctica que especula sobre la coincidencia sentimental.

En definitiva esa especulación es el engaño mayor, ya que si el analista no ocupa el lugar que le corresponde en el discurso analítico, queda para el analizante encarnar salvajemente el residuo al que el Otro se reduce.

Vemos entonces cómo el concepto deseo del analista forjado por Lacan permite producir la diferencia con la voluntad de goce, el setting interno, siempre y cuando se reconozca, en el discurso analítico la barrera que existe entre el significante en el lugar de la producción y el saber en el lugar de la verdad. Cuando Lacan en Televisión afirma que la interpretación debe estar presta ubica, según Michel Silvestre, que en última instancia es preferible afirmar una mentira, para que el analizante sea el que diga la verdad [9]. Si es el analista el que la profiere el sujeto no tiene otro camino que retroceder, es decir ceder sobre su deseo.

Una bella definición del deseo del analista la encontramos en la clase de Lacan que venimos comentando: estar poseído por un deseo más fuerte que aquellos de los que pudiera tratarse a saber, "ir al grano" con el paciente, tomarlo en sus brazos o tirarlo por la ventana 10. De allí su responsabilidad y la contraindicación de que el analista sitúe su propio objeto parcial en el paciente del que se ocupa.

La anticipada contraindicación a no aceptar mentirosos en análisis, es correlativa de la ferocidad del "setting interior" y del uso de la contratransferencia, que gracias a la admirable decisión de Lacan de confrontarla con el deseo del analista nos extraen de esa dimensión, de su práctica y de sus inducciones, evitando que se constituya en un impasse para el mismo psicoanálisis.

NOTAS

  1. O’Shaughnessy, Edna, Can a liar be psychoanalysed?, International Journal of Psychoanalysis (1990) 71, pág. 187.
  2. Miller, J-A. El Banquete de los analistas, Paidós, Clase XVII, Clínica de la civilización, pág. 295.
  3. Lacan, J., El seminario, Libro 8, La Transferencia, Paidós, pág. 211.
  4. Idem, pág. 211.
  5. Idem, pág. 214.
  6. Idem,pág. 221.
  7. Miller, J.-A., "Un medio maleable", en: Freudiana 37, pág. 9.
  8. Silvestre, Michel, "¿Para qué sirve un psicoanalista?", en: Mañana el Psicoanálisis, Manantial, pág. 187.
  9. Lacan, J., Idem, pág. 214.
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