Mayo 2003 • Año II
#7
Dossier Carteles

Posibilidad de Escuela como una experiencia

Nora Cherni

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Dominique Gromez, fotógrafa.

El título de mi trabajo propone en sí mismo una respuesta a la pregunta que nos convoca en estas Jornadas. Pero es necesario demostrarla. Entonces: ¿Es posible acceder a una experiencia de Escuela, a partir de lo que provoca el dispositivo del Cartel?

Introduzco de esta forma el concepto de Escuela como experiencia, porque es desde esta perspectiva que quiero transmitir algunas cuestiones de mi experiencia como participante, actualmente, del cartel que cumple la función de Secretariado de Pase, y anteriormente del Cartel del Pase. No fue inicialmente un cartel el Secretariado del Pase. Fue un hecho de experiencia, un proceso, lo que determinó su conformación en Cartel.

Sabemos que el dispositivo del Pase fue inventado por Lacan para hacer del Psicoanálisis una práctica que se ubique en contra de lo inefable, en oposición a lo que no puede ser dicho. En este sentido podemos ubicar en el Pase dos campos bien delimitados: por un lado el campo de la investigación, que remite a una posición de apertura, a la espera, incluso, del encuentro de un saber nuevo; por otro lado podemos pensar el pase como un campo de verificación. La verificación se construye alrededor del testimonio, es decir, en el pasaje que inicia el testimonio del pasante a través de los pasadores al cartel, y luego en la elaboración colectiva que se genera allí.

Señalo ambos lados del pase en la idea de diferenciar posiciones, la del deseo de saber como opuesto a la infatuación, a la conjunción saber-verdad, y la del deseo del analista como el deseo de la diferencia absoluta, en el sentido de ser absolutamente intransigente sosteniendo lo que uno debe sostener.

De esta forma, cada integrante del cartel constituye un lugar condicionado por su posición con relación a aquello que lo interroga al mismo tiempo que lo causa, poniéndose en juego su deseo de analista y también de su deseo de Escuela. Es decir que ya introduzco aquí una diferencia en el sentido de que no es lo mismo deseo de analista que deseo de Escuela, y que es necesario ubicar en la perspectiva de la clínica del pase. Voy a retomar más adelante esta diferenciación.

Si la Escuela es posible de ser interpretada, como plantea Miller en su “Teoría de Turín”, en el sentido de pensarla como Escuela-sujeto, es posible ubicar la causa analítica como el “uno en más” que se añade, en tanto no existía antes. Se añade una vez que se constituye la desaparición el Otro fundamental, como señala Eric Laurent “El Tao del psicoanalista” cuando conceptualiza el “uno en más” pas plus-d’un o “no más de uno” en la estructura subjetiva, para designar algo que es camino y al mismo tiempo es vacío, y que nosotros podemos pensar para cada una de las soledades en el contexto de una comunidad analítica.

Sin embargo, ¿cómo pensar, cómo argumentar este “uno en más” para el sujeto-Escuela? Miller nos da una respuesta orientadora cuando nos dice que siempre se trata de la causa freudiana, en el sentido de la extracción de la lógica del deseo freudiano separada del fantasma paterno, constituida en Ideal de la comunidad analítica.

Se nos presenta así una paradoja: el discurso analítico requiere la separación del sujeto de sus significantes amos, siendo esta separación el eje principal de la clínica que investiga el final de análisis. Pero al mismo tiempo no es posible, como lo demostró Lacan, el pase sin Escuela. El pase como dispositivo depende lógicamente del Sujeto supuesto Saber de la Escuela, es decir que en la medida en que se demuestra la caída de los significantes amos, y un saber hacer con estas marcas, como sucede en el final de un análisis, surge en el horizonte el Otro de la Escuela.

El Otro de la institución no es el Otro del Otro. Se diferencia porque es no-todo. Sin embargo, a veces se confunden. Porque en psicoanálisis siempre se corre el riesgo de quedar entrampados en el fantasma que le da existencia al Padre, al Otro, sobre todo cuando se trata de la apuesta que implica generar la producción de un saber colectivo.

Entonces, continuando con mi interrogación: ¿de qué forma se podría poner en juego un trabajo de confrontación con la alienación subjetiva al Otro como Ideal, que no fuese desde un lugar que permita reconquistar, cada vez, un deseo presente en las marcas del uno por uno? Podríamos decir que este lugar implica la posición de analizante con relación al Sujeto supuesto Saber de la Escuela, en tanto deseo de saber. Es un lugar que no es en soledad, sino que utiliza las vías transferenciales de trabajo que puedan operar con “criterios diferentes de la impresión de todos y del prejuicio de cada uno” (Jacques Lacan, Acto de Fundación del 64). Confrontación es no ceder al deseo, que siempre se ubica encubierto; es también pagar con la “libra de carne”, como toda experiencia analítica. Podríamos decir que el dispositivo del cartel es la vía reggia para esta confrontación. El producto particular de cada cartelizante es el apres-coup de esta confrontación. Si la hubo hay consecuencias.

Me parece que como modelo de Escuela-sujeto se puede pensar el Cartel del Pase. Así lo presentaba Guillermo Belaga en la última noche de Política Lacaniana en la EOL. En este sentido considero que el dispositivo mismo del pase en su conjunto es modelo, porque representa las huellas de una experiencia de Escuela, en tanto su composición está garantizada por diferentes procedimientos que hacen al trabajo de participación del conjunto de los integrantes de la Escuela. Destaco aquí la condición que Lacan exige cuando inventa el cartel como base de la Escuela, la del tiempo mínimo de duración para asegurar una permutación continuada. Esta condición tiene la finalidad expresa de que: “la Causa Freudiana escape al efecto de grupo….. Eso o el pegoteo” nos dice Lacan (“El Señor A.”).

Podemos decir que no es lo mismo el funcionamiento de un cartel que el funcionamiento de un grupo, si nos remitimos a las vías transferenciales con las que es necesario un trabajo de transmisión de aquello que hace al corazón de la práctica analítica. Es decir, un grupo no siempre garantiza una transferencia de trabajo. Ya lo dijo Lacan, el pegoteo no es transferencia de trabajo, es pegoteo, es no salir, es no partir, es un no a la “parte”, a la división.

El cartel, en cambio, coloca a sus cartelizantes en un lugar de empuje al compromiso con sus congéneres, ya que da la posibilidad de utilizar el movimiento de la transferencia. Cuatro se eligen para luego realizar una nueva elección, que es la del más Uno. En cada elección está la transferencia. A su vez, cada uno de los cuatro está definido por un rasgo singular con relación al tema común. En el dispositivo del Pase es la Escuela la que elige a través de sus representantes. Ubico aquí su valor de apuesta, por eso hablo de confrontación, y no me refiero solamente a los carteles del pase, sino a la lógica que se extrae en la constitución de los carteles; es un forzamiento en la dirección de ir contra uno mismo. Se trata de un lugar incómodo con el que enfrentamos la insatisfacción estructural en la que nos inició Freud. En este sentido el trabajo del cartelizante es un más allá de la queja histérica, es una posición de trabajo que intenta responder, cada vez, sobre aquello que hace que un analista quiera, y no sólo en términos de declamación, la garantía de la elaboración colectiva a la que responde una Escuela de psicoanálisis, en el sentido del control que por estructura ejerce ésta a quien se expone en ella.

Podemos decir que, así como en un análisis se trata de poner en juego lo más particular de una causa y un deseo, la lógica resultante de esta particularidad para el analista sólo es posible inscribirla en las consecuencias que ella misma desencadena. Las consecuencias están del lado de su inscripción en una elaboración colectiva, y que la Escuela orienta al ubicar el acto del analista bajo la dependencia del Otro, en oposición a la fortaleza del narcisismo.

Cómo enseñar lo que el psicoanálisis enseña a una comunidad de analizantes siempre es un desafío, porque se ubica en la tensión misma entre el concepto y lo que se materializa de él.

Retomo aquí la diferenciación que mencioné anteriormente, entre deseo del analista y deseo de Escuela. El final de un análisis no siempre se corresponde con un deseo de transmisión, aunque la formalización de la conclusión sea válida. Su exposición, es decir, el hacerse responsable de una transmisión, implica un paso más, puesto que ésta incluye una apertura hacia la transferencia de trabajo con los otros colegas de la experiencia. Es tomar un riesgo mayor aún. Lacan se ocupó de establecer claramente en su “Proposición de octubre del 67”, y a través de toda su enseñanza, que no se trata para los analistas de ocupar el lugar de vírgenes sabios.

Por otro lado, apoyarse sólo en la propia experiencia, o en el pegoteo de un grupo que no jerarquiza las vías transferencias de trabajo, produce rechazo de lo nuevo, obstaculiza su surgimiento. Y esto es un problema para el psicoanálisis, es decir, querer en el sentido de querer lo que se desea, es ponerse frente al real de su propia formación; es aceptar que un analista no surge sólo de su análisis sino también de la experiencia misma de una Escuela. En este sentido, ubicar un deseo de elaboración colectiva del lado de querer lo que se desea no se corresponde con el final del análisis, y si ese fuera el caso - por eso existen los AE - siempre se trata del saber del lado de la “vena del analizante” (“Proposición….”) en su pasaje hacia un saber dependiente de lo que en una Escuela se realiza a cielo abierto como resultado de un trabajo.

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