Conocer tu odio
Gil Caroz
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Tiempo de lectura: 18 minutos
Odio y saber
Lucidez
El odio es lúcido. Está ligado a un saber. Los cristianos han transformado el no-odio de su Dios, signo de su ignorancia, en una forma de amor.[1] Ese Dios es un ser “por el cual los seres menos seres participan en lo más alto de los seres”.[2] Es, por tanto, un ser ideal, unificador, que reúne en sí a los seres imperfectos y, en este sentido, está articulado a un amor puro.
Ahora bien, Lacan recuerda “que no se conoce amor sin odio”.[3] Es justamente este sueño de un amor universal el que hace desconocer la irreductibilidad del odio y, en primer lugar, del propio odio. El amor no es más que una construcción secundaria, un semblante que permite circunscribir la pulsión de muerte. Pero no cubre jamás el odio en tanto dato primario.
Freud muestra bien esta irreductibilidad en su crítica detallada del imperativo Amarás a tu prójimo como a ti mismo, al que designa como la “más orgullosa reivindicación”[4] del cristianismo. Subraya: “Una vez que el apóstol Pablo hubo hecho del amor universal a los hombres el fundamento de su comunidad cristiana, la extrema intolerancia del cristianismo hacia aquellos que permanecían fuera se convirtió en una consecuencia inevitable”.[5] Así, el odio nunca se reduce jamás a cero, simplemente encuentra cómo localizarse de otro modo. El amor entre los miembros de una comunidad reunidos en torno a un ideal se paga siempre con un odio hacia el exterior.
Odio tranquilo (Haine pépère)[6]
De todas las pasiones, el odio es sin duda la más difícil de reconocer y confesar. Pensemos en la sonrisa del Hombre de los Ratas que testimonia sobre un goce ignorado por él mismo cuando relata el suplicio infligido a soldados en el ejército del Imperio. Se lee entre líneas en la respuesta de Freud al “¿Por qué la guerra?”, de Albert Einstein, que la pregunta misma camufla una posición de “alma bella”, desconociendo la pulsión de muerte, componente irreductible de lo humano.
Así, desconocido y negado, el odio se manifiesta ocasionalmente por su contrario, a saber, por un amor a la vez excesivo y sospechoso. Un sujeto en análisis habla gustosamente de sus tendencias altruistas y caritativas, que presenta como un rasgo del que querría desembarazarse, mientras deja sus hostilidades a cubierto, especialmente, cuando estas son experimentadas hacia sus seres más queridos. Solo proferirá tímidamente su odio una vez que tenga acceso a su maldad esencial.
Lo que llamamos “hacer el amor” es un oxímoron. Sabemos que lo que sucede bajo esa designación tiene muy poco que ver con el respeto y el amor. Estos, por el contrario, son a menudo un factor de inhibición de la vida sexual. En cambio, el fantasma, condición de toda relación sexual, es una puesta en escena en la que el odio prevalece sobre el amor.
Así, el odio no excluye el deseo. El ser hacia el cual se dirige el odio[7] incluye el objeto a. El odio, en este caso, es una manifestación consciente de un deseo situado entre el ser y el tener. Es el caso del odio celoso del que da testimonio San Agustín cuando observa al niño palidecer al ver a su hermano de leche colgado de la teta de su madre. Es porque posee el objeto del deseo que el hermano es odiado. Esta escena de tres pasos nos recuerda la fórmula fantasmática “pegan a un niño”, y yo miro. Es un odio tranquilo (pépère), causado por una rivalidad fálica e inscrita en la lógica edípica.
Nuestro objeto a
Hay otro odio, un odio que rechaza. Este no depende del Edipo. Es necesario para la constitución del yo. El goce es evacuado como malo para ser situado en el exterior. Es el odio que Lacan nos describe como fundamento del racismo. El desconocimiento básico del yo hace que este odio no se detenga en detalles. Coloca gustosamente su kakon en otro colectivo. Es un odio puro. No tiene nada del hainamoration (odioenamoramiento) lacaniano como odio que va de la mano con el amor. Atribuir un goce a una “masa de cuerpos” es una forma de racismo. Es el caso del antisemitismo y la misoginia, a distinguir de las críticas que pueden hacerse respecto a los fundamentos de una cultura. La crítica del texto del Corán no es equivalente a la injuria dirigida a la supuesta avaricia del judío por el dinero o a la falta de fidelidad de la mujer como tal.
El Judío
El Judío ocupa el lugar de “nuestro objeto a”[8] porque, por su posición en el mundo, incomoda toda forma de puesta en comunidad en tanto que ella responda a la lógica del todo. “¿Qué tengo yo en común con los Judíos?”, escribe Franz Kafka, “si apenas tengo algo en común conmigo mismo”.[9] Hablando del odio en tanto se dirige al ser, Lacan indica que, si el cristiano se relaciona con un ser ideal y amoroso que reúne en sí a los seres imperfectos, no hay ser perfecto que pueda albergar al judío.
Todo en la tradición judía va en contra de eso, dice él. Según esta tradición, “el menos perfecto es allí simplemente lo que es, a saber, radicalmente imperfecto, y no hay estrictamente más que obedecer al dedo y al ojo [...], a aquel que lleva el nombre de Yahvé”.[10] Y añade que, a ese Dios, los judíos no podían más que “odio-serlo” (être-haïr), es decir, “traicionarlo”,[11] porque él los eligió para que le obedezcan, sin procurarles un ideal con el que pudieran identificarse. Así, el destino del Judío, el cual se convierte en su ética, es consagrarse a una práctica que prescinde de la garantía del Otro.
Allí donde la mujer no existe, el Judío es un Nombre inalcanzable. Los judíos constituyen un conjunto de “imperfectos”, serie abierta de sujetos, cada uno siendo singular en su imperfección. Los elementos de este conjunto abierto no son, sino que ex-sisten en el sentido en que Jacques-Alain Miller desarrolla la existencia en su curso “El Ser y el Uno”. Como tales, no son colectivizables. Por eso está prohibido en la tradición judía censar a los miembros de un grupo. El uso de números naturales para contar a los sujetos es contrario a la prevalencia del uno por uno sobre la colectividad. Lo que no quiere decir, por supuesto, que en la “realidad” los judíos no se organicen en comunidad.
Resistencia al para-todos
A partir de ahí, se comprende el uso del término Nombre judío, pues decir simplemente el judío, como decir la mujer, lo difama.
Cuando se intenta colectivizar lo incolectivizable, se lo violenta. Es una forma de maltrato que la lógica del todo inflige a la lógica del no-todo. Antisemitismo y misoginia son dos nombres de este odio irreductible que se produce en el encuentro entre estas dos lógicas.
El agente de la lógica del todo quiere poner en vereda a los sujetos que responden a la lógica del no-todo.
Así, el antisemita reprochará a los judíos, con más o menos violencia, no asimilarse, mantener un lugar de excepción, no alinearse de una vez por todas y ser como todo el mundo. El misógino reprochará a las mujeres sus prácticas singulares que se oponen a la ley del para‑todos.
Un judío, como hemos visto, no puede sino traicionar a su Dios, es decir, traicionar su posición de Judío con J mayúscula. Está siempre por debajo de esa posición insostenible. A excepción de algunos grupos que intentan con más o menos éxito asumir la posición del ser‑judío, tal como Benny Lévy habla de ella (una posición de rechazo a insertarse en cualquier forma de discurso universal), los judíos, de una forma u otra, aspiran a una forma de asimilación. Esto no los hace antisemitas, pues hagan lo que hagan siguen siendo judíos, aunque sea por negación. Si es un odio, es un odio al Judío que llevan en ellos, pero no un odio del otro.
Odio en femenino
La caprichosa
Si la lógica del todo violenta a la lógica del no-todo, existe, no obstante, un odio vehiculizado por el goce femenino hacia la ley del padre. Aquí divergen el camino del Judío y el de la mujer. Si el judío en su práctica está fuera de una ley universal y puede tolerar cierta falta de garantía en el Otro, sigue siendo fiel a una versión de la ley del padre. Por el contrario, el goce femenino stricto sensu implica una serie de singularidades en ruptura con esa ley en tanto portadora de prohibiciones. Pone la voluntad pulsional antes que la ley.
Es lo que Miller ha llamado “el capricho”,[12] a saber, una voluntad acéfala que prescinde de los límites de la razón y que a veces es mortífera. Las manifestaciones de odio de este goce no tienen causa rastreable y no encuentran límite en la razón. Así Lady Macbeth, para incitar a su hombre al crimen, formula la locura del horror que sería capaz de cometer a partir de su odio:
He dado de mamar, y bien sé
cuánto amor despierta el bebé que toma mi leche;
pero sería capaz, mientras lo miraba sonreír,
de arrancar mi pezón de sus encías desdentadas
y reventarle los sesos de un golpe, si te hubiera prometido hacerlo, como me prometiste hacer esto.[13]
Ahí vacilamos. Esta manifestación de odio a lo Medea que amenaza con tocar lo más sagrado, supera lo que podemos integrar como humano. Miller nos dirige una observación fuerte respecto a la indignación que este enunciado puede provocarnos pues significa que, si estamos escandalizados, es porque Medea somos nosotros. “Pues cada uno de nosotros”, dice, “por muy perdido de compasión que esté, es también solicitado en su parte irreductible de inhumanidad, sin la cual no hay humanidad que se sostenga”.[14]
Así, a través de los límites de la “justa medida” de la posición masculina,[15] lo ilimitado del goce femenino puede parecer totalmente desmedido, voluntad feroz, sin límite. Por otro lado, de la misma forma que un judío puede odiar al judío en él, una mujer puede odiar su feminidad sin que eso la haga misógina. El caso de una mujer que desde hace largos años no puede entablar relación con un hombre lo demuestra. A primera vista, se podría pensar que es el amor que profesa a su padre, al cual está identificada, lo que aquí hace obstáculo. En efecto, ese amor al padre atraviesa todo su ser. Pero al excavar un poco más, aparece lo que le es verdaderamente insoportable. Esta mujer bien organizada, que no deja pasar nada del inconsciente, ha encontrado en sí misma la conducta “loca” de su madre cada vez que ha intentado establecer una relación con un hombre. Esto la ha llevado a una relación con el hombre marcada por un “nunca más eso”, cuyo precio es la soledad que se inflige. Odia a los hombres, podríamos decir, no a partir de un Penisneid (envidia del pene), sino porque “el hombre sirve aquí de relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma, como ella lo es para él”.[16]
Curarse de la misoginia
Para el hombre freudiano, lo sabemos, el fin del análisis se presentará en el encuentro con la roca de la castración en el momento en que asuma el hecho de que otro hombre pueda ser más fuerte que él. Esta renuncia a la rivalidad fálica es una forma de pacifismo. El hombre depone las armas, lo que le permite renunciar a la lucha imaginaria y fálica. No obstante, eso no garantiza un alivio respecto a la cuestión femenina.
Es el hombre lacaniano quien afrontará esta cuestión, pues al inicio él “es fundamentalmente miedoso. Y si va a la guerra, es para huir de las mujeres, para huir del agujero”.[17] Este hombre podrá curarse de ese pavor que lo vuelve odioso a condición de que reconozca no solo su odio, sino también su propia feminidad, sea cual fuere su cualidad de guerrero. Pues cabe esperar que los hombres no estén totalmente bajo la lógica del todo, del mismo modo que las mujeres pueden tener una relación con el falo.
Inspiración
No te quites los zapatos, dice el psicoanálisis al hombre. No estás en la mezquita. Ponte, al contrario, tu par de zapatos de mujer, color rojo, y entra en el consultorio del analista. El analista tolerará eso, está formado para ello. Él es un poco mujer.
Allí, con el analista, descubrirás que no todo el mal está en ella. Que tú la conoces íntimamente, “desde adentro”, que tú mismo, en ocasiones, eres un poco mujer. Tú tienes tus humores, tus amores locos, tú puedes ser generoso y malo a la vez, pragmático y soñador, caprichoso y racional. Constatarás que tú también puedes cometer ocasionalmente lo irreparable. ¡Así es!
Avanzarás entonces hacia la frontera del imperio fálico que es tu prisión y dirigirás tu mirada hacia el otro lado de la frontera, hacia el continente negro de la feminidad. Te dirás entonces que, si ella se ha convertido en la encarnación del diablo mismo, ¿quién podría no amarla aun odiándola? Ella es auténtica. Ella no se complica. Es generosa. Tiene humor. Sonríe. Ella dice: “¡Lánzate! Vive tu vida. No tengas miedo. No te dejes desanimar por los bienpensantes que te dicen que no te muevas, que te sometas a la razón, sus razones, sus ideales”. Ella no tiene las angustias del propietario ni la preocupación del qué dirán. El Otro está bien ahí, pero nadie está obligado, dice ella, a obedecer a la letra a sus exigencias. Él también puede estar loco ocasionalmente. Ella es pragmática. Están las reglas y la ley, dice ella, pero va a buscar a quien las encarna para arreglárselas con ella, porque ella es más bien “arreglante”. Loca, pero no loca-del-todo.[18] Ella habla, negocia, obtiene. Atraviesa todos los rechazos, porque para ella “no” no es una respuesta aceptable.
Publicado en Caroz, G., “Connaître sa haine”, La Cause du Désir, n.º 93, París, ECF, 2016, pp. 35-39.
Traducción: Mirta Adriana Nakkache
Revisión: Silvia Mizrahi
* Virtualia agradece la gentileza del autor por haber permitido la traducción y publicación de su artículo.
** Juan Desteract, "Bestiario"
NOTAS
- Lacan, J., (1972-1973) El Seminario, Libro 20, Aún, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 110.
- Ibid., p. 120.
- Ibid., p. 110.
- Freud, S., (1930) “El malestar en la cultura”, Obras completas, vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 106.
- Ibid., p. 111.
- Haine pépère puede traducirse como odio cómodo, suave, dócil, sutil. (N. de la T.)
- Lacan, J., (1972-1973) El Seminario, Libro 20, Aún, op. cit., p. 120.
- Regnault, F., “Nuestro objeto a”, Colofón, n.º 28, Declinaciones del objeto a en la cultura, Boletín de la Federación internacional de Bibliotecas del Campo Freudiano, abril 2008, p. 17.
- Ibid.
- Lacan, J., (1972-1973) El Seminario, Libro 20,Aún, op. cit., p. 120.
- Ibid.
- Miller, J.-A., (2000) “Capricho y voluntad”, clase del 26 de enero de 2000, Los usos del lapso, Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 159.
- Shakespeare, W., Macbeth, traducción de Carlos Gamerro, Buenos Aires, Interzona, 2023, pp. 79-80.
- Miller, J.-A., (2012) “El teatro secreto de la pulsión”, Le Point, n.º 2062, 22 de marzo de 2012. Una versión en español ha sido publicada por el CEIP Lacaniano de Chile [en línea], http://ceiplacan.blogspot.com/2015/12/el-teatro-secreto-de-la-pulsion-ja.html
- En referencia a la siguiente frase: “La ética de la justa medida es por excelencia una ética masculina”, en Miller, J.-A., (1998) “Los seres sexuados”, clase del 25 de marzo de 1998, El partenaire-síntoma, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 284.
- Lacan, J., (1960) “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina”, Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2018, p. 695.
- Miller, J.-A., (1992) “De mujeres y semblantes”, Conferencias porteñas 2, Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 103.
- Lacan, J., (1973) “Televisión”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 566.