AÑO XX
Agosto
2026
46
Entrevista

VIRTUALIA entrevista a Anaëlle Lebovits-Quenehen

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Tiempo de lectura: 19 minutos

Nuevos rasgos del odio

¿Qué esperar de los psicoanalistas?

Virtualia: Este número de la revista Virtualia está dedicado al “odio”, a la reflexión acerca de la proliferación de discursos de odio en la actualidad. En su libro Actualidad del odio. Una perspectiva psicoanalítica,[1] usted sitúa la tesis de que el discurso de la ciencia promueve un discurso igualitarista que impera también en la política y la cultura. Plantea que uno de sus efectos es que el odio se abre camino sobre vías inéditas asumiendo “nuevos rostros”. Incluso, llama a uno de los capítulos “Todos iguales, todos rivales” aludiendo a que, al caer la figura de autoridad –hecho contemporáneo al avance de la ciencia y del capitalismo–, la sociedad se fracciona dando lugar a “la multiplicación de grupos sociales aun corriendo el riesgo de odiarse”. También sitúa, en esta misma línea, el avance de la extrema derecha; dice: “Todo pasa como si […] solo un hombre fuerte (y hasta temible) fuese capaz de restablecer el orden”. ¿Puede explayarse acerca de la fragmentación de la sociedad y el avance de la extrema derecha?

Anaëlle Lebovits-Quenehen: El odio es una pasión tan antigua como el mundo. Sin embargo, presenta rasgos nuevos muy específicos según la época en la que se manifiesta. Entre esos nuevos rasgos se encuentra, efectivamente, la fragmentación social que he abordado en el libro.

De hecho, asistimos a la fragmentación de las comunidades que existían anteriormente y que agrupaban extensamente en torno a ellas. Si tomamos el ejemplo del catolicismo, que prevalecía aún hace algunas décadas y que sigue prevaleciendo en ciertas partes del mundo, vemos cómo, hoy en día, está relativizado por el éxito de la Iglesia evangélica, por ejemplo. Y en el seno de esta Iglesia evangélica existen, efectivamente, distintas corrientes. Además, allí donde antes dominaba la religión católica, hoy hay varias personas que son ateas y ya no creen en Dios o ya no tienen religión, aunque sigan creyendo en Dios. En fin, asistimos a una pluralidad de creencias que forman comunidades. Otro ejemplo más elocuente quizá son las personas LGBTQIA+. Cada letra designa una modalidad de goce que se distingue de otras modalidades de goce y el signo +, al final de este acrónimo, indica que existe un número indefinido de letras que pueden añadirse a las ya existentes y, a partir de ellas, una infinidad de combinaciones posibles.

Ahora bien, estas comunidades cada vez más numerosas se oponen, necesariamente, unas a otras. Algunos de los individuos que las componen están sin duda exentos de odio. Pero la regla general es que una comunidad se define a partir de aquello que excluye de sí misma –tal como Freud lo señalaba–, y aquello que excluye lo rechaza más o menos activamente y con más o menos odio.

Es sobre el trasfondo de este fenómeno de fragmentación, consecuencia del dominio del discurso de la ciencia y del capitalismo, que el odio cambia de rostro hoy en día.

Existen otros factores que explican las nuevas formas del odio pero, en lo que a él respecta, digamos que el odio toma la vía de esta fragmentación que implica la oposición entre comunidades cada vez más numerosas que se enfrentan entre sí. Como respuesta, es notable que cada vez más personas recurran al hombre fuerte, al hombre providencial (o a la mujer providencial, según el país) que promete restablecer el orden que falta. De ahí el éxito de la extrema derecha, que promete restablecer una comunidad que domine a las otras imponiendo una misma modalidad de goce a la mayor cantidad de personas.

Es una manera de intentar reinstaurar el significante amo allí donde ya no opera. Y el hombre o la mujer que debe restablecer el orden suele ser él mismo francamente hostil hacia esas comunidades fragmentadas...

¿Es la proliferación del odio un efecto –del discurso científico y capitalista– o se trata de otro tipo de discurso –entendido como lazo social–?

La proliferación del odio es una consecuencia del debilitamiento del significante amo, que ha palidecido bajo el efecto conjunto de los discursos de la ciencia y del capitalismo. Es lo que intento mostrar en el primer capítulo del libro a donde los remito.

En línea con la pregunta anterior, ¿en qué sentido podemos nombrarlo como “discurso” de odio?, ¿qué relación podría tener con los cuatro discursos de Lacan?

No creo que el discurso del odio tenga un matema propio como sí lo tienen los cuatro discursos formalizados por Lacan. Cuando hablamos de discurso de odio, lo hacemos desde el sentido común de la palabra “discurso”, es decir, como conjunto de enunciados que vehiculizan el odio. Ahora bien, esos enunciados tienen efectivamente una incidencia sobre el lazo social: lo destruyen. Si hubiera que inventar un matema del odio, tendría que ser uno que escriba la destrucción del lazo al otro, pues el odio no es otra cosa que la voluntad de acabar con el otro. Es exactamente lo opuesto a lo que produce un análisis llevado hasta su término lógico puesto que apunta, por el contrario, a una abrasión, a una eliminación de esa pasión triste que es el odio.

Usted introduce claramente la función del tiempo en la lectura que hace de diferentes perspectivas políticas. Por un lado, retoma el decir de Judith Miller quien, apoyada en las tesis de Lacan, afirmaba que el statu quoes el que aspira al retorno a una situación pasada, pero que, en realidad, instituye un tiempo congelado en un presente que provoca un debilitamiento de lo posible. Por otra parte, resalta cómo tanto Freud como Lacan valiéndose de diferentes argumentaciones rechazan la idea de progreso; un punto a destacarlo constituye la crítica a la dimensión de anulación de la pérdida. Algunas consecuencias de la tensión entre el tiempo congelado del conservadurismo y la ilusión de avance del progresismo es que convergen en lo que Lacan llamó “el sueño de eternidad”: esto hace obstáculo a la posibilidad de cierta dimensión de la invención respecto de lo que hace síntoma en la época. ¿Cómo considera que deberían orientarse los psicoanalistas respecto a la dimensión del tiempo, no solo para realizar una lectura, sino también para incidir en la época?

Lacan afirma, en efecto: “en todo caso no hay progreso”. Es una afirmación que llamó mi atención durante mucho tiempo porque nací en Europa en una época en la que podía mantenerse la ilusión de cierto progreso en cuanto a la inhibición del odio en el espacio público. El odio no estaba tan presente como lo está hoy.

Y luego está la respuesta que Lacan le da a Jacques-Alain Miller en “Televisión” cuando le plantea las tres preguntas kantianas de las cuales la última es la siguiente: “¿Qué puedo esperar?”. Lacan responde algo así como: “he visto a la esperanza conducir a más de uno al suicidio”. Podemos situar la esperanza, el optimismo y el progresismo de un lado, y oponerles la desesperanza, el pesimismo y el conservadurismo del otro. Ninguna de estas posiciones está realmente desprovista de esperanza. Entonces, ¿cómo mantener el rumbo sin esperanza, pero sin caer en la desesperación? Ahí reside toda la cuestión.

¿Debe el analista esperar algo? No es seguro, si creemos en Lacan. Pero me parece igualmente claro que tampoco debe desesperar ni sentirse amparado en la evolución del mundo y en el espiral de la época. Por eso podemos decir que se mantiene en la línea delgada entre la esperanza, por un lado, y la desesperación por el otro.

Podríamos decir que estos son dos pecados prohibidos para el psicoanalista.

Respondo un poco a su pregunta al modo en que San Agustín define a Dios en su “teología negativa”. No puede decir qué es Dios, pero sí puede decir lo que no es. Del mismo modo, no pretendo decir cómo debe operar el analista, pero está claro que no puede hacerlo a partir de alguna forma de esperanza o desesperación. Se mantiene sobre un hilo tenso y delicado.

En su libro plantea la hipótesis de que la profundidad del odio no termina de ser elucidada si no se considera que el mismo “expresa una relación del sí con la Otredad”, y agrega que esta es “más extraña al hombre que los otros hombres”. Refiere, además, que el encuentro con ella no se experimenta todos los días, sino en ciertas circunstancias en las que se percibe “tan intensa como decididamente interior”. En la descripción de algunas de esas coyunturas, menciona a la pubertad; ¿puede transmitirnos algunas precisiones o particularidades respecto a cómo tramitan hoy los jóvenes esa experiencia?

Lo que me interesa de la pubertad no es tanto hacer una sociología de la manera en que los adolescentes viven ese momento tan particular y tan crucial de sus vidas, sino más bien señalar que ese momento de transición, en el que el cuerpo cambia sin que la subjetividad logre inmediatamente ponerse a tono con ese cuerpo, es un momento especialmente propicio para el desencadenamiento de las psicosis, la eclosión de las neurosis y también, eventualmente, para experimentar cierto odio que puede orientarse de maneras diversas.

Este momento de la vida pone el acento en el hecho de que el odio hacia el otro encuentra su raíz en una extrañeza de sí mismo consigo mismo, y eso es lo que me interesaba al mencionar la adolescencia. Pero, en las distintas coyunturas que menciono en el libro, se encuentran, en realidad, todas las circunstancias clásicas en las que psicosis y neurosis se desencadenan o emergen, puesto que son momentos en los que esa extrañeza respecto de uno mismo se experimenta. Dicho de otro modo, son momentos especialmente propicios para las intrusiones de goce.

En 2003, el psicoanálisis en Francia fue puesto en cuestión por la enmienda Accoyer que buscaba regular y evaluar mediante cifras los resultados terapéuticos –respaldándose en la idea de la defensa del consumidor por el aumento de psicoterapias–. Jacques-Alain Miller hablaba entonces de un “amo moderno que avanza con el estruendo de sus protocolos”.

En 2025, usted lideró una lucha de resistencia de la ECF para hacerle frente a una “agresión violenta” –en palabras de Miller– contra el psicoanálisis. Como usted misma situó, esto se debe al intento de instalar diagnósticos neuro y, mediante una psiquiatría de precisión, usar la IA –un ordenador– para objetivar y tratar los trastornos. Se trata de un amo, según usted lo caracteriza, cuyos colores políticos no importan, sino que lo que prima es el dinero –Miller propone al dinero como aquello que viene al lugar del padre en el cenit social–. ¿Considera que la lucha de 2003 y la de hoy son equivalentes? ¿Cree usted que el avance del odio tiene que ver con esta ofensiva?

Sin ninguna duda.

Señalemos, primero, que estas ofensivas no son equivalentes. La ofensiva del 2003 contra el psicoanálisis fue obra de un hombre aislado con algunos apoyos, sin duda, mientras que la agresión a la que nos enfrentamos hoy forma parte de una estrategia cuidadosamente orquestada. En ese sentido, es mucho más feroz que la del 2003.

Dicho esto, el motor común de estas dos ofensivas es, efectivamente, el odio al psicoanálisis y, con él, podríamos decir, un cierto goce en imponer una mordaza a quienes sufren. Los intereses económicos son muy evidentes en ambas ofensivas. Permitir que psicólogos o psiquiatras atiendan a sus pacientes por tiempos prolongados sin prejuzgar lo que podría ser su bien antes de que ellos mismos lo encuentren o, más exactamente, lo inventen, es lo que parece insoportable para quienes quieren prohibir el psicoanálisis en el servicio público.

Entonces, es cierto que atender seriamente pacientes a veces muy frágiles, como suele ocurrir en los hospitales psiquiátricos, tiene un cierto costo. Pero es difícil no ver lo que eso aporta. Realizar ahorros en ciertas áreas puede salir muy caro.

El otro aspecto de estas ofensivas es una voluntad de imponer la mordaza. Hay una fantasía en juego que consiste en tratar al ser humano, al cuerpo hablante, como si fuera una máquina. Si entre nuestros detractores algunos creen, realmente, que pueden reemplazar a los psis por la IA, es precisamente porque consideran que el propio ser humano tiene cierto parentesco con la máquina o incluso que puede reducirse a ella. Ahora bien, esto solo es posible a condición de considerar que la lengua y el goce no cuentan para nada.

Hay aquí un odio a la palabra y al goce, es decir, a lo vivo que allí se expresa.

¿Por qué cree usted que el psicoanálisis sigue siendo objeto de odio?

Freud ofrece una idea muy precisa de la razón de ese odio. El psicoanálisis inflige una humillación al yo. Con el descubrimiento del inconsciente, el yo ya no es más el amo de su propia casa. Sin embargo, el sujeto sigue siendo responsable de su inconsciente. Al mismo tiempo que no es dueño, no deja de ser responsable de aquello de lo que no es dueño. Quienes son freudianos y lacanianos se ganan habitualmente el odio de aquellos que no quieren saber nada ni del inconsciente ni de la responsabilidad que de él nos implica.

Pero si retomo las cosas a partir del punto que hace al núcleo de mi libro –el goce como alteridad radical–, podríamos considerar también que la promoción de la singularidad como única vía de tratamiento de ese goce es profundamente antinómica al odio. Así, no solo el psicoanálisis suscita odio debido a su objeto, sino que además quienes han tomado partido por el odio (cualquiera que sea su objeto) encuentran en el psicoanálisis una disciplina que promueve que el rechazo a la singularidad es lo que constituye el fundamento electivo sobre el que se basa el odio.

¿Qué posición sugiere usted adoptar, en tanto psicoanalistas, frente a este tipo de coyunturas?

Me parece difícil responder a esta pregunta de manera general. Sin duda, hay que tener en cuenta cada coyuntura en su particularidad para evaluar la pertinencia de una intervención en el debate público, y ello sin descuidar ningún detalle. Evaluar la correlación de fuerzas permite saber si conviene intervenir o no, y, en caso afirmativo, cómo hacerlo.

Si tomamos el ejemplo de la ofensiva actual, parecería inconcebible no responder a la campaña de desprestigio y a las calumnias dirigidas contra el psicoanálisis. En efecto, quien calla otorga, es decir, cede ante el odio y lo refuerza.Ahora bien, el odio apunta siempre a la destrucción de su objeto. Es el odio el que exige, entonces, una fuerza que le responda, puesto que sin obstáculo se refuerza cada vez más.

Responder punto por punto, informar, denunciar las mentiras de nuestros detractores y su estrategia me parece, en ese sentido, crucial.

* Matias Adhemar

NOTAS

  1. Lebovits-Quenehen, A., Actualidad del odio. Una perspectiva psicoanalítica, Buenos Aires, Navarin Éditeur-Grama, 2024. Un extracto de la “Introducción” se encuentra en Virtualia, n.º 43, diciembre 2023 [en línea], https://www.revistavirtualia.com/articulos/994/odio/actualidad-del-odio-una-perspectiva-psicoanalitica