Las películas que Lacan vio
De Carlos Gustavo Motta
Marcelo Barros
Paidós, Buenos Aires, 2013
Arnold Hauser sostiene que el arte contemporáneo parece haberse convertido en un libro casi cerrado para el gran público, mientras que el cine alcanza otro destino al emerger como un arte cuyo impacto en la subjetividad de nuestro tiempo todavía resta por medir. Como hombre formado en el siglo XIX, Freud conoció el cine, pero no accedió a él, si podemos decirlo así, aunque las relaciones entre este arte y el psicoanálisis son muy tempranas y ciertamente ocuparon al fundador del psicoanálisis. El caso de Lacan es muy otro. Hijo del siglo XX, se nos muestra como un sujeto influenciado ya –al igual que nosotros- por este arte complejo capaz de configurar las subjetividades acaso como no lo ha hecho ningún otro. Toda narrativa, sea cual fuere su soporte material, está influida hoy por el lenguaje del cine. Decir esto es necesario para comprender la razón por la que el libro de Carlos Gustavo Motta no se deja inscribir en la dilatada serie de trabajos psicoanalíticos sobre cine. Su esfuerzo, que es de linaje de acontecimiento, inaugura una propuesta de investigación. Como la carta robada del cuento de Poe, lo que el título anuncia es tan explícito que la magnitud de lo que implica pasa inadvertida. Hasta que uno empieza a leer el texto. Lo que declara es una toma de posición –ciertamente feliz- porque no se trata solamente de "las películas que Lacan vio" y comentó en el curso de su enseñanza, sino de las que aplicó al psicoanálisis. Un subtítulo que supera y modifica aquello a lo que estaría subordinado. El autor no entiende el psicoanálisis aplicado como la confirmación del saber analítico a través del cine, sino como el esclarecimiento y la formación del psicoanalista por el cine. Se trata de aplicar el cine al psicoanálisis, de modo que el primero es más que la ilustración fílmica de nuestros saberes establecidos. Incide en nuestras nociones, las modifica, incluso las produce, las inspira. El recorrido nos permite entrever cómo el cine pudo haber influido en el pensamiento de Lacan, en la laboriosa parición de sus conceptos. ¿No lo hizo la tragedia en el pensamiento de Freud? Hallaremos aquí una muestra verdadera de lo que significa que un psicoanalista esté a la altura de la subjetividad de su época, consigna a menudo degradada a la veneración de fetiches ideológicos que no tienen otro valor que ser los de hoy. Nuestro autor asume una auténtica posición analítica escuchando al arte y no entorpece con su saber la emergencia de lo que el arte tiene para enseñar. El espíritu del libro se deja ver ya cuando se permite ir más allá de las películas que Lacan vio, haciendo referencia a la importancia de un director como Krzysztof Kieslowski cuya enseñanza nos llega a través de la trilogía Bleu, Blanc y Rouge. Esa enseñanza, acaso ya prefigurada en su Decálogo, muestra cómo las categorías de lo universal cambian de sentido al aplicarse al caso individual. No incurrimos en exceso si pensamos que lo que Carlos Motta nos transmite de su experiencia con la obra de Kieslowski -con quien hizo un seminario en 1994- permitiría arrojar una luz muy diferente sobre nuestras concepciones cristalizadas sobre el ideal, el significante amo, la metáfora, y el Nombre del Padre. El desarrollo de este trabajo que es más que una guía de consulta –aunque pueda servir con éxito a ese propósito- sabe alojar tanto al lector metódico como al curioso. Las aristas del diálogo entre el cine y el psicoanálisis son tan variadas y amenas que sobre el final de un recorrido relativamente breve -si se considera la extensión del libro como libro- es sorprendente la profusión de temas que hablan allí, como si el texto se viese tocado en algo por el mismo lenguaje del cine en el que las categorías del tiempo y del espacio se confunden.
Borges dice que el sueño es la actividad estética más antigua de la humanidad. ¿Qué otro arte se le compara con mayor fortuna que el cine? En cierto modo este libro retoma con acierto el espíritu de la Traumdeutung, invitándonos a conocer algo del lenguaje de ese "código de la imagen" que, al igual que la narración onírica no puede ser reducido al registro imaginario.

