AÑO XVI
Septiembre
2022
41
Pulsaciones

Un real desbocado

Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley

Gloria Aksman

Frankenstein o el moderno Prometeo

… lo real bien podría desbocarse, sobre todo, si tiene el apoyo de los científicos.
Jacques Lacan[1]

Introducción

Si como tantos otros nos preguntamos por qué Frankenstein o el moderno Prometeo es un clásico de la literatura, lo primero que evocamos es el tema del enigma que conlleva: la pregunta por la vida y la muerte. Su vigencia misma parece soportarse de este enigma.

Acerca de la muerte, ya Freud señalaba que hay un más allá del principio del placer que, pulsión mediante, comanda el derrotero del hablante en su disarmónico equilibrio con la naturaleza. Es el circuito repetitivo que percibimos en las denominadas neurosis. Dicho circuito implica a los orificios pulsionales donde se hace presente el goce fálico que Freud define en los excesos que se manifiestan en los agujeros del cuerpo: oral, anal, fálico, etc. Todos y cualquiera de ellos abonan el lugar fijo del objeto a en el fantasma. La pulsión que, hasta nuevo aviso es de muerte, es el más allá que Freud ubica como condición del malestar en la cultura.

Así como Freud produce el giro que entroniza a la pulsión de muerte comandando la civilización, Lacan, en la última parte de su enseñanza, señala que no sabemos lo que es la vida. Recorre el espectro de lo viviente desde los animales hasta las plantas con la brújula de la interrogación por ese goce. En los animales supone que sí hay goce en el cuerpo, y si bien decimos que no podemos hacer referencia al goce de las plantas ‒no nos referimos a ellas como parte de los seres vivos en tanto carecen de la forma del cuerpo, lo cual nos lleva a considerar que no hay goce ahí‒ nos deja la pregunta acerca del por qué llamamos vida vegetativa al cuerpo inerme que solo respira asistido por la máquina. Y es en ese minucioso recorrido que culmina y ubica la vida como lo real mismo, imposible de abordar por vía del significante. Hay una orientación allí.

Así que el enfoque del presente trabajo se enmarca en intentar alguna elucubración sobre esos enigmas, vida y muerte, con ese clásico de la literatura gótica que da cuenta de cuál es el fantasma que agita nuestra época.

Frankenstein o la angustia del científico

Abocado a imaginar el alcance de sus investigaciones ‒que poco menos lo ubican sentado a la vera de Dios‒, Víctor Frankenstein se confiesa con un dejo melancólico, pero no sin un sentido entusiasmo. Dice a su interlocutor:

…los antiguos maestros tocaron todos los resortes que formaban el mecanismo de mi cuerpo. No tardé en ser poseído por un único pensamiento […] si se ha llegado a tanto, conseguiré más, mucho más […] revelar los misterios de la creación.

Luego se lamentará: "Esas palabras tan sabias iban a conducirme a mi propia destrucción".[2]

Estas cuasi profecías, imaginadas y surgidas de la pluma de Mary Shelley, nos llevan a pensar que el sin límite de un proyecto científico conduce necesariamente al fracaso en el intento de trascender lo imposible. Es propio de estos tiempos asistir a manifestaciones de algunos científicos al respecto. Estas preocupaciones de las tecnociencias –nunca es vano recordar que la ciencia se encuentra hace algún tiempo al servicio de la tecnología‒ se apoyan en los efectos de una acción que, en el intento de conseguir, como dice nuestro personaje, cada vez más y más, tiene como consecuencia un retorno de signo mortífero.

Si bien tomar como referencia la ciencia ficción no es tarea del analista, no solo es una cuestión de gusto; la literatura nos ofrece, como en el caso de Frankenstein, la ilustración más ejemplar de la advertencia sobre lo que la ciencia produce.

Lacan declara no guardar interés por lo que la ciencia ficción puede imaginar respecto del futuro, más interesante es para él la angustia que le advendría al científico y es en eso que Frankenstein o el moderno Prometeo es un paradigma que hallamos en ese género literario.

Escrito en primera persona, el creador del monstruo o su interlocutor, el capitán Walton, dejan leer en esas cartas la angustia que inunda su vida: la manipulación de la materia inerte ha generado la creación de un monstruo que se agiganta a la vez que los seres queridos van muriendo. Una excelente metáfora del más allá del principio del placer y a sus expensas.

Si hablamos de un acontecimiento, cabe la pregunta: ¿es posible decir que "la criatura", tiene un cuerpo? Esta materia viviente, que no tiene nombre, intenta construirse uno con el material proveniente de lalangue: ¿qué ha inyectado Víctor Frankenstein a su invento, si no? Es la misma criatura quien nos hace saber de esas vicisitudes a lo largo de su arduo y criminal peregrinaje. Su existencia, sin el amor que imagina en un partenaire idéntico, se encuentra signada por el asesinato o la desaparición.

Así, la novela relata lo que se puede esperar cuando la ciencia no trabaja con el límite de lo imposible, propio de su lógica. En este aspecto nos coloca directamente frente a la consigna imperante de que "imposible is nothing".[3] Para los estragos que la ciencia está cada vez más en condiciones de producir, se constata que no nos hace falta, lamentablemente, la ciencia ficción. Alcanza con la muy difundida suposición de que el virus COVID-19 salió de algún laboratorio.

Breve reflexión final

En la época del objeto plus de goce en el cenit de la civilización, es el goce fálico fuera de cuerpo el que reina en la era del parlêtre. Allí se espera al analista. Es lo que Lacan señala cuando dice que hay que orientarse por lo real para ir contra. "El advenimiento de lo real no depende del analista en modo alguno. El analista tiene por misión combatirlo".[4]

Una orientación que nos evoca aquí la salida por el amor que Lacan anuda a ese indecible llamado vida.

NOTAS

  1. Lacan, J., "La Tercera", Revista Lacaniana de Psicoanálisis, n.º 18, Grama, Bs. As., 2015, p. 17.
  2. Shelley, M., Frankenstein o el moderno Prometeo, Versión de Franco Vaccarini, La estación, Bs. As., 2020.
  3. "Nada es imposible".
  4. Lacan, J., óp. cit., p. 17.